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Lo que habría que globalizar: derechos humanos, bienestar social y económico… eso no.

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La globalización de la esclavitud

Por Pedro L. Angosto en nuevatribuna.es

No ha habido pega ni disputa alguna para que las leyes del balompié sean las mismas en cualquier lugar del mundo y no hay país en el que no se sancione con la máxima pena al jugador no cancerbero que coge el esférico con las manos dentro del área. Sin embargo, eso no ocurre con otros ámbitos del vivir humano mucho menos importantes como son los derechos humanos, económicos y sociales.

Hace tiempo que dejó de gustarme el fútbol, desde que comprendí que un equipo de esos no puede gastarse en pagar a medio centenar de personas lo mismo que un Ayuntamiento de medio millón de habitantes. No obstante utilizaré en esta ocasión un conocido símil balompédico. Es sabido que cuando un futbolista defensa para el balón con las manos dentro del área es penalti, que cuando la pelota sale por la línea adyacente a la portería tocado por un jugador atacado es córner y que si se le da una patada en sus partes a un contrario es falta y tarjeta roja, lo que supone la salida inmediata del jugador del campo y debería también acarrear su ingreso en prisión. Eso ocurre en Alemania, China, Corea, México, Argentina, la Rusia de los neozares y la España neofranquista: Las leyes del fútbol son universales e inapelables se juegue donde se juegue, debe ser porque ese deporte es lo más grande que nos ha sucedido en nuestras vidas. ¿Qué sería de nosotros sin Messi, Ronaldo, Ramos, Guardiola, Soldado o Iniesta? ¡Qué somos un país culto y desarrollado, por Dios!!!

 

No ha habido pega ni disputa alguna para que las leyes del balompié sean las mismas en cualquier lugar del mundo y no hay país en el que no se sancione con la máxima pena al jugador no cancerbero que coge el esférico con las manos dentro del área. Sin embargo, eso no ocurre con otros ámbitos del vivir humano mucho menos importantes como son los derechos humanos, económicos y sociales. Aquí está permitido todo, en un país se pagan impuestos, seguros sociales, pensiones, salarios mínimos dignos; en otros se paga sólo una parte según el parecer de quien gobierna o manda, y en otros, absolutamente nada, es decir, su economía se basa en la esclavitud política, económica y social. Siguiendo con el símil futbolístico ocurre con las cosas triviales de la vida lo contrario que en las más importantes como es el caso del fútbol: Un hindú puede trabajar dieciséis horas diarias por tres rupias para una empresa europea o norteamericana sin que apenas le llegue para comer, mientras que en los países más avanzados de Europa todavía es obligatorio pagar un sueldo determinado, cotizar a la seguridad social y pagar los impuestos establecidos para mantener los servicios públicos esenciales garantizar unas mínimas condiciones de vida a todos los ciudadanos. Es como si a un hindú o a un chino se le permitiera jugar al fútbol dando patadas en los cojones a sus contrarios, coger la pelota con la mano dónde les salga o dar por finalizado el partido cuando la victoria esté de su lado sea el minuto de juego que sea. Bueno, se me dirá, no es lo mismo, ellos también tienen derecho al desarrollo, a tener coches, bufandas de colores y viajar a Ibiza a oír música disco. Y sí, es cierto, pero eso se habría conseguido de manera mucho más efectiva y segura si se hubiesen establecido unas normas para el comercio internacional obligatorias que obligasen a todos los países a garantizar los derechos económicos, políticos y sociales de todos sus trabajadores, de forma y manera que todos –proporcionalmente- pudiésemos jugar en igualdad de condiciones y caminar juntos hacia un mundo más justo y por tanto mejor para ellos y para nosotros.

 

No se hizo así, y no por descuido, sino siguiendo una estrategia perfectamente diseñada. La apertura de la China “comunista” al capitalismo fue presentada por los dirigentes chinos como una versión amarilla de la Nueva Política Económica que Lenin se vio obligado a implantar en la URSS en los años siguientes a la revolución rusa debido al bloqueo mundial y a la guerra blanca. Nada de eso era verdad, China había pactado con Estados Unidos ofrecer su inmenso ejército de mano de obra esclava a cambio de que empresas de aquel país se instalasen en la patria de Mao. A Estados Unidos, siguieron Japón y Europa, produciéndose la hecatombe en la que hoy nos movemos: En los países esclavistas son muy pocos los que salen de la esclavitud, la corrupción está generalizada y los grandes hombres de negocios de todo el mundo pasan parte de su tiempo y gozo en ellos viendo como explotan a cientos de millones de personas obligadas a trabajar sol y luna sin que ningún organismo nacional ni internacional diga esta boca es mía. El silencio impera, y el silencio es cómplice porque esconde lo que se habla detrás de las cortinas de mansiones que ni google sabe dónde están.

 

No cabe engañarse, tampoco sorprenderse. Al capitalismo jamás le gustó la democracia, la aceptó cuando el movimiento obrero y el miedo a la URSS se la impusieron. Liberado de amenazas, volvió a lo suyo preguntándose, ¿por qué narices voy a fabricar unas zapatillas Adidas en Europa pagando salarios altos, seguridad social, pensiones, medio ambiente, cuando puedo hacerlo en un país esclavista por un euro y luego vendérselo a los gilipollas que he dejado en el paro en Europa por setenta? No hay reproche alguno, en la lógica capitalista no entra la sanidad ni la educación pública, ni las pensiones, ni las dependencias, ni el trabajo digno, importa la explotación, es decir sacar el máximo beneficio con la mínima inversión. Si yo fuese capitalista, puedo jurarlo ante el Corán o cualquier otro libro sagrado, no fabricaría absolutamente nada en España ni en Alemania ni en Luxemburgo. Haría lo mismo que hacen los capitalistas de todo el mundo, contribuir a globalizar la pobreza acreciendo mis ahorrillos de modo exponencial, eso sí, sería tan malnacido y tan canalla como todos ellos.

 

Se puede decir que esa estrategia impuesta por las grandes corporaciones mundiales y permitida por todos los gobiernos puede ser pan para hoy y hambre para mañana, puesto que una Europa arruinada sería una fuente de enormes conflictos y causaría un enorme impacto al comercio mundial, pero eso es un error: Entre China y La India suman casi tres mil millones de habitantes, sólo con que el 10% de ellos –nunca pasará de ahí- logren tener un poder adquisitivo mediano, sustituirán al mercado europeo disponiendo siempre de una cantidad enorme de esclavos para sustituir a los que vayan muriendo para mayor engrandecimiento del capitalismo y la explotación.

 

Europa se está suicidando. No fue capaz de exportar su modelo, mejorándolo, al resto del mundo y sí de aceptar su muerte. Ahora le queda muy poco tiempo, o la UE se decide a imponer una tasa social a todos los productos que procedan de economías esclavistas y a sancionar duramente  a quienes se dedican a deslocalizar e importar con márgenes brutales, o en breve nos veremos de nuevo besando la bota de quien nos pisa: Las reglas del juego o son iguales para todos o se rompe la baraja.

19/08/2013 10:47. Administrador ;?>

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