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Enfermeras de Familia y Comunitaria reivindican su profesión y la creación de su categoría profesional en Asturias…

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Del practicante a los enfermeros del siglo XXI 

Un grupo de profesionales reivindican su papel en la Atención Primaria asturiana y exige que se agilice la creación de la categoría profesional y la convocatoria de oposiciones

 

Susana D. Machargo, en La Voz de Asturias

 

Su imagen nada tiene que ver con la de aquellos practicantes que hace un siglo hervían las jeringuillas antes de amenazar con una inyección que dolía pero todo lo curaba. Son profesionales con una titulación universitaria, que han superado un examen durísimo, se han formado durante dos años de residencia, han entregado un trabajo final de investigación y ahora aplican todos estos conocimientos en las consultas de Atención Primaria. Son las enfermeras de Familia y Comunitaria, una de las especialidades de enfermería que cuenta ya con 80 tituladas en Asturias. Este colectivo reivindica su papel con el paciente tanto en los tratamientos como en la prevención, reclama que se cree la categoría profesional dentro del sistema sanitario público del Principado y que, a continuación, se convoquen unas oposiciones que den estabilidad. «Atención Primaria siempre se ha considerado el hermano pobre del gigante hospitalario. Pero ya no es así. Hay profesionales muy bien formados, tanto en la parte teórica como en la práctica. Es la base del sistema y tenemos que visibilizar nuestra función», reclama Rosa Fernández una de las integrantes.

 

Desde el año 2011, la enfermería cuenta con especialidades que se desgajan del oficio generalista, tal y como los médicos tienen las suyas. Así que los profesionales que quieren formarse tienen que superar el EIR -un examen equiparable al MIR-, rotar por múltiples servicios durante su residencia y formarse a conciencia. La disciplina pensada para la Atención Primaria se denomina de Familia y Comunitaria. La primera promoción pasó el EIR en 2011 y completó su formación en 2013. Fueron cinco pioneros en Asturias. Desde entonces, la nómina se va incrementando a un ritmo de doce al año. Como la demanda es grande y no se cubre con doce plazas, muchos profesionales acceden a los puestos que se ofertan en otras comunidades y regresan a casa con el título en el bolsillo.

 

Testimonios

La gran mayoría ya está trabajando en los centros de salud, consultorios periféricos y ambulatorios de la sanidad asturiana cubriendo vacantes y sustituciones. Pero su categoría profesional todavía no existe en Asturias. «Nos gustaría que se diera ejemplo. El Sespa fue pionero en España en la contratación de nuestra especialidad en España, así que ahora también podría serlo», insiste Rosa. En la actualidad, están dentro de la bolsa general y se les llama de forma preferente cuando hay una vacante o una baja en Primaria. Lo que reclaman es más estabilidad. Todavía hay algunos pasos intermedios pendientes. El Ministerio de Sanidad tiene que abrir una vía excepcional para regularizar, con un examen, a todos esos enfermeros que trabajan y acumulan mucha experiencia pero que no han cursado la especialidad. Una vez hecho esto, lo que demandan es que la Consejería de Sanidad del Principado cree la categoría profesional y convoque unas oposiciones.

 

El perfil de estos especialistas es variado. Son más mujeres que hombres y la mayoría tiene experiencia previa. Ya estaban trabajando cuando comenzaron a estudiar para el EIR. «Tengo 18 años de experiencia. Estaba trabajando en Urgencias y me apetecía hacerlo en Primaria. Pero fue muy duro. Tengo dos hijos, así que trabajaba, estudiaba, cuidaba a mis hijos... Ha sido un esfuerzo increíble pero ha merecido la pena. Y eso que hasta perdemos dinero, porque durante la residencia cobras pero no un sueldo parecido al que tenías antes», explica Anabel Vigil. Rosa Fernández, en unas condiciones similares, explica que no sabe cómo salió viva de una prueba tan estresante, sobre todo los cinco meses intensivos en los que aprovechaba hasta cuando daba el pecho a su bebé para estudiar.

 

Mereció la pena

Todo ese desgaste merece la pena. «Salimos muy bien formadas y es necesario que los pacientes lo sepan. Antes se creía que la enfermera estaba para tomar la tensión, unas curas y poco más. Ahora podemos hacer muchas más cosas», comenta Lidia Fernández. Gloria González detalla alguna de esas funciones nuevas que hacen, desde la prevención hasta la parte comunitaria, de apoyo a la comunidad, talleres en los institutos, asesoría a grupos. «Somos el nexo con la comunidad. Sacamos el máximo partido a los recursos, podemos aconsejar desde cómo aprovechar un espacio verde a ayudar a los consejos municipales de salud», explica. La idea es «salir a la calle», traspasando las paredes de los consultorios. «Actuamos en función de las necesidades de la población. En un centro montamos, por ejemplo, un taller de relajación porque había muchas mujeres con problemas de estrés», relata Lidia Fernández.

 

Patricia Gómez pone el ejemplo de los médicos para visualizar su situación. «Nadie pensaría que un médico de una especialidad se dedicara a otra. Con nosotros debería pasar lo mismo. Lo que hay que tender es la atención especializada a que los pacientes cuenten con los cuidados de la máxima calidad», argumenta. Todas cuentan con mil ejemplos de sus funciones. Anabel Vigil pone un ejemplo muy gráfico: «No hace mucho acudí a un domicilio. Un paciente con accidente cerebrovascular había regresado a casa después de estar hospitalizado y su mujer nos llamaba porque no sabía cómo administrarle la insulina que le habían recetado. Estuve más de una hora con ella y volví en otra ocasión porque no había tenido tiempo a explicárselo buen todo. La mujer estaba muy agobiada, así que le dediqué tiempo. Le conté desde cómo prevenir una úlcera a dónde inyectar la insulina».

 

La generación mejor formada

Lara Menéndez destaca también la faceta investigadora de su profesión. «Además de las 150 horas mensuales de trabajo durante la residencia y de las guardias, que son entre 40 y 75 horas al mes, también tenemos que entregar una investigación», recuerda. Esto les abre otras muchas puertas.

 

Los enfermeros del siglo XXI conocen bien su oficio. De hecho, han peleado por acceder a esta profesión, han hecho grandes sacrificios personales y son la generación mejor formada que nunca han tenido los consultorios y los centros de salud de Atención Primaria. Los pacientes comienzan a percibirlo. Ahora solo falta que las administraciones lo reconozcan.

 

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