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Por Josep Borrell, catedrático, expresidente del Parlamento Europeo y miembro de Economistas Frente a la Crisis

Por Josep Borrell, catedrático, expresidente del Parlamento Europeo y miembro de Economistas Frente a la Crisis

La hora de la verdad

Para que Grecia se quede en la Unión Monetaria habrá que cambiar la terapia aplicada a sus males

 

¿Qué hubiera votado si hubiese sido griego?

Esta pregunta me la he hecho, y me la han hecho, varias veces desde el pasado jueves. No lo hubiera tenido muy claro. Tendría que escoger entre continuar con un mal conocido, la penitencia sin fin agravada con el acuerdo que los acreedores me proponían. Más años de recesión en un país ya agotado, sabiendo que eso no era una solución, porque no abordaba el problema de fondo que era, y sigue siendo, la reducción de una deuda insostenible. O un riesgo grave, pero difícil de valorar, el de una quiebra que arrastrase al país a una salida desordenada del euro. En esa situación, los acreedores -que somos los ciudadanos europeos también- tienen, tenemos, mucho que perder. El 90% de la ayuda a Grecia, ha ido a salvar a los bancos acreedores de Grecia. Los gobiernos les han liberado de ese pasivo peligroso y lo han trasladado al contribuyente. Los griegos solo han visto el dinero pasar de un acreedor a otro.

 

Enfrentados a ese dilema, casi un 40% de los griegos no han sabido o querido escoger. Pero si los griegos hubieran tenido una Constitución como la que los españoles heredamos de la apresurada reforma de Zapatero en el 2011, ese referéndum no se hubiera podido celebrar. Esa reforma estableció que el pago de la deuda tenía prioridad absoluta sobre cualquier otra necesidad. Es decir, Tsipras hubiera estado constitucionalmente obligado a no pagar ni pensiones, ni subsidios, ni salarios a finales de junio para poder devolver al FMI el crédito que vencía. Los griegos se hubieran tenido que hacer default a ellos mismo. Una solución que los comentaristas políticos consideraban indignante.

 

Los que acusan a Tsipras de peligroso demagogo, no solo desde la derecha, deberían ponerse en la situación por la que pasa Grecia. Un país en el que el PIB ha caído el 27%, el consumo familiar el 40 % (en España ha caído el 12 %), el empleo público ha caído el 30% , el déficit publico ajustado estructuralmente ha disminuido el 20%… para que este ajuste brutal acabe produciendo el 28 % de paro y una deuda pública del 180% del PIB. Una depresión peor que la de los años 30. Un colapso. ¿En qué país en esta situación no se hubieran reclamado otras políticas?

 

Esta calamitosa situación ha engendrado Syriza. Y al final el paciente se ha negado a seguir con la terapia que se le aplicaba. Ante una penitencia sin fin ni esperanza, los griegos han optado por afrontar el riesgo de salir del euro. No han votado para salir, pero pueden tener que hacerlo. Depende de la reacción de los miembros de la Unión, o casi exclusivamente, de la señora Merkel.

 

CERRAR LA PUERTA A PLATÓN

Digan que digan, la pelota está en su campo. Para justificar la entrada de Grecia en la Unión Europea, en contra de la opinión de la tecnocracia de Bruselas, Giscard d’Estaing dijo aquello de «no se puede cerrar la puerta a Platón». Si ahora dejamos que Platón se vaya, la Unión Monetaria ya no va a ser entendida como un proyecto político, sino como una superzona de cambios cuasi fijos, pero que ya se habrá constatado que se puede romper. Para que se quede, tendrá que cambiar la terapia equivocada que desde el principio se ha aplicado al paciente griego.

 

El gran error del Eurogrupo en las negociaciones, que Tsipras abortó con su convocatoria de referéndum, ha sido pretender separar la discusión sobre los detalles del plan de ayuda y la inevitable cuestión de la posterior reducción de la deuda. El Eurogrupo se ha mostrado demasiado rígido y las negociaciones han durado demasiado, abriendo la puerta al agotamiento de las reservas bancarias y a una muerte anunciada por asfixia financiera. Lo que ocurra ahora dependerá primero de lo que haga el BCE. El Eurogrupo debería decidir una vuelta rápida a la mesa de las negociaciones, sabiendo que la alternativa es o Grexit o reestructuración de la deuda. Por eso esas negociaciones no pueden ser otras reuniones al borde del abismo, que más parecen de mercaderes de alfombras que de responsables políticos.

 

A las presiones de los acreedores hay que responder con la urgencia política, para evitar que las opiniones públicas europeas choquen, se despierten los demonios del pasado y dar así una esperanza a Grecia. Más o menos en estos términos se han expresado los socialistas franceses. Pero del lado alemán, el SPD, por boca de su ministro de economía Gabriel parece mantener la puerta cerrada a un Tsipras que, según el alemán, con el referéndum ha cortado «todos los puentes con Europa». Mal que le pese a Juncker, no era esa la cuestión. Y esperemos que no sea esa la respuesta de la Europa que prometió hacer del euro un instrumento de prosperidad compartida.

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