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OPINION

Buena literatura y absolutamente comprometida…

Buena literatura y absolutamente comprometida…

Un sindiós

Por Juan José Millás – Comité de Apoyo de ATTAC España

Desde que los ministros de Rajoy, en especial Montoro y Ana Mato, decidieron explicar didácticamente los porqués de la demolición del Estado, entendemos las cosas mucho mejor. He aquí un resumen, claro como el agua, de sus argumentos: Se pone precio a la sanidad para que continúe siendo gratuita y se expulsa de ella a determinados colectivos para que siga siendo universal. Se liquidan las leyes laborales para salvaguardar los derechos de los trabajadores y se penaliza al jubilado y al enfermo para proteger a los colectivos más vulnerables. En cuanto a la educación, ponemos las tasas universitarias por las nubes para defender la igualdad de oportunidades y estimulamos su privatización para que continúe siendo pública. No es todo, ya que al objeto de mantener el orden público amnistiamos a los delincuentes grandes, ofrecemos salidas fiscales a los defraudadores ambiciosos y metemos cuatro años en la cárcel al que rompa una farola. Todo este programa reformador de gran calado no puede ponerse en marcha sin mentir, de modo que mentimos, sí, pero al modo de los novelistas: para que la verdad resplandezca. Dentro de esta lógica implacable, huimos de los periodistas para dar la cara y convocamos ruedas de prensa sin turno de preguntas para responder a todo. Nadie que tenga un poco de buena voluntad pondrá en duda por tanto que hemos autorizado la subida del gas y de la luz a fin de que resulten más baratos y que obedecemos sin rechistar a Merkel para no perder soberanía. A no tardar mucho, quizá dispongamos que los aviones salgan con más retraso para que lleguen puntuales. Convencidos de que el derecho a la información es sagrado en toda democracia que se precie, vamos a tomar RTVE al asalto para mantener la pluralidad informativa. A nadie extrañe que para garantizar la libertad, tengamos que suprimir las libertades.

Artículo publicado en El País.

La necesidad de parar el avance hacia el modelo neoconservador del Estado mínimo

La necesidad de parar el avance hacia el modelo neoconservador del Estado mínimo

¡Salvar los servicios públicos!

Por MARÍA LUISA CARCEDO ROCES, DIPUTADA DEL PSOE EN EL CONGRESO, SECRETARIA DE DESARROLLO SOCIOECONÓMICO Y PROGRAMAS DE LA FSA-PSOE.

La Nueva España

Es obligado, a la vez que lamentable, reconocer el éxito de las baterías de la derecha mediática en leal complicidad con la derecha económica y política. Ciertamente, obtuvieron un rotundo éxito electoral en las convocatorias autonómicas y municipales de hace un año, acrecentado, si cabe, en las recientes legislativas del 20 de noviembre.

Han invertido grandes esfuerzos, sin escatimar recursos, en culpar a la estructura territorial, pero sobre todo al tamaño del Estado y al «gasto público» insostenible de la menor solvencia económica del país y la crisis de confianza, tanto interna como con terceros países. En esta estrategia, la derecha política española, alineada con las tesis más radicales de la ideología neoconservadora, ha encontrado, con la justificación de la crisis, un filón de oro para armar el plan perfectamente programado para el modelo de Estado, debidamente ocultado por interés electoral y sistemáticamente ejecutado saltándose los acuerdos más básicos del pacto sobre el modelo democrático de la Constitución de 1978.

Frases como «los recursos están mejor en los bolsillos particulares» o «los recortes de la Administración no son un problema, son la solución», pronunciadas respectivamente por el actual y el anterior presidente del PP y del Gobierno, son ciertamente reveladoras de la concepción política del modelo neoconservador de convivencia, puesto en práctica por la derecha española. Y en ésas están. Cada Consejo de Ministros, cada viernes, se descuelgan con una nueva medida que encaja perfectamente en la poda al Estado y su puntal más estratégico: la administración pública y, singularmente, los servicios públicos.

Para ejecutarlo cuentan con un pensado plan de comunicación, perfectamente coordinado e inteligentemente dosificado, presentando las decisiones de recortes a los derechos, libertades y protección social como medidas lógicas y necesarias, como «lo que hay que hacer». Así, mientras se van metiendo bocados, uno tras otro a los pilares del Estado del bienestar y al modelo económico sostenible, se culpa a la herencia recibida, nuevo concepto con el que ahora la derecha denomina a la alternancia democrática y las responsabilidades de gobierno.

Debe recordarse que el modelo neoconservador proclama el Estado mínimo, la primacía del mercado en la generación y distribución de la riqueza y la ausencia de regulación, algo que está en el origen de la actual crisis económica y ambiental. Un proyecto muy caro en términos económicos para el Estado y la ciudadanía, y del todo ineficaz para garantizar la equidad social. Frente a éste, el proyecto socialdemócrata se basa en la capacidad de los estados para favorecer el desarrollo económico sostenible, la asignación más justa de los recursos supliendo las incapacidades propias del mercado, la solidaridad intergeneracional y el trabajo conjunto con una ciudadanía cada vez más exigente, responsable e instruida. Las políticas económicas, las ambientales y las sociales forman parte de un mismo proyecto político, que definen un modelo de sociedad. Lejos de estar contrapuestas, son interdependientes y se condicionan, especialmente cuando el objetivo es lograr un desarrollo sostenible y una sociedad justa.

Si se admite que los servicios públicos son la base para la cohesión social y ésta es un factor de estabilidad y seguridad para los países, es obligado tener presente el carácter multidimensional del concepto de cohesión social y ser conscientes de su importancia tanto para el modelo social como para las posibilidades de desarrollo económico y la construcción de un futuro con más certidumbre para todos.

Los servicios públicos, por tanto, tienen una importancia en la sociedad que va mucho más allá de su mero valor prestacional (salud, formación?), son imprescindibles para construir un modelo productivo equilibrado, competitivo y sostenible; son una fuente de empleo estable y de calidad, y suponen un factor imprescindible para la cohesión territorial y la radicación de actividad económica derivada, por ejemplo, de los hospitales.

Pero estos activos que caracterizan un modelo de convivencia basado en el Estado del bienestar contienen unas potencialidades de negocio que la derecha neoconservadora no está dispuesta a dejar escapar. Y la crisis es la excusa perfecta. «No nos lo podemos permitir», «algo hay que hacer», «no hay dinero», son las frases que repite como papagayos, cualquier agente del consorcio de la derecha. La solución, al final de este recorrido, es el desmantelamiento y la privatización de los servicios públicos. Ya cuentan con experiencias piloto a escala de comunidades autónomas: concesiones administrativas en la gestión de áreas sanitarias, privatización en la construcción y gestión de hospitales, subvención a la educación privada y apoyo a la concertada, en detrimento de la pública. Hay que advertir que cuando se inicia este recorrido no había la excusa de la crisis. No es la crisis, es la ideología.

Ahora toca la operación a escala nacional que cuenta, además, con el mantra de la crisis. Las decisiones son de carácter general, más profundas y de más difícil reversibilidad. Y el problema, que afectan a los sectores más débiles de la sociedad, merman la cohesión social e impactan en las bases del desarrollo económico actual y, sobre todo, en su sostenibilidad futura.

Cuando recortan el desarrollo de la ley de la Dependencia no se está afectando sólo a la calidad de vida de unas familias con personas dependientes; se está, a la vez, impidiendo el desarrollo en el país de un sector de servicios de cuidados profesional y generador de empleo.

Cuando se está introduciendo el «copago» en el sistema sanitario, se penaliza a las personas enfermas o a quienes, estando sanos, pasan por procesos vitales que requieren atención especial como la infancia, el embarazo, etcétera. Nuestro Sistema Nacional de Salud está financiado con los impuestos de todos los españoles. No deben «copagarlo» precisamente los que están en situación más débil. ¿Qué se pretende con esta medida si probablemente cueste más recaudar el copago que lo ingresado? Lo seguro es que tendrá un primer efecto -deterioro del sistema, desconfianza y desigualdad en el acceso- y unas consecuencias inevitables: poner en riesgo un modelo eficiente en términos económicos, efectivo en resultados en salud y eficaz tractor de sectores tecnológicos de la economía para abocarlo irremediablemente a la privatización y, dicho sea de paso, a su encarecimiento.

Cuando restringen docentes e incrementan las tasas de acceso a la Universidad, no sólo se está debilitando la equidad sino también la capacidad de conocimiento e innovación de la economía.. La educación quizá sea el servicio público con más capacidad de facilitar la igualdad entre las personas, de hacer efectiva la igualdad de oportunidades. Y, siendo el servicio más necesario para mejorar no sólo la cohesión social sino la capacidad de innovación de la economía española, su mejora en productividad -y, por tanto, su competitividad- es vilipendiado, desprestigiado y despreciado por la derecha de este país y, lo que es más grave, por los responsables políticos e institucionales que debieran velar por su calidad y el prestigio social de sus profesionales.

El incremento de las tasas universitarias agudiza el problema de la continuidad en el sistema educativo para determinadas capas sociales, resquebraja la equidad, merma la igualdad de oportunidades individuales y las capacidades de desarrollo futuro de España.

El plan puesto en marcha por el actual Gobierno de la derecha, cuyo principal objetivo es el desmantelamiento del Estado del bienestar, centrado en los servicios públicos, tiene un impacto inmediato sobre las personas en mayores dificultades, poniendo trabas económicas a su acceso a la atención sanitaria, a su oportunidad de formación o a la de sus hijos, a una atención profesional a la dependencia. Pero, además, tienen una decisiva influencia en la cohesión social, en la confianza de los ciudadanos en la capacidad de la democracia y sus instituciones.

Además, conocemos por múltiples evidencias empíricas que los países más prósperos son los que disfrutan de mayor grado de cohesión social. Por tanto, no podemos transigir pasivamente con el desmantelamiento planificado del Estado del bienestar construido tan laboriosamente y venciendo tantas resistencias de sectores con intereses particulares. Es importante destacar que la mayoría de los españoles está satisfecha con los servicios públicos del bienestar. Más del 97%, según las periódicas encuestas del CIS, están en contra de los recortes en sanidad, educación y pensiones. Además, más del 90% considera que los servicios que más influyen en su bienestar son las pensiones, la sanidad y la educación. Estamos ante un logro de la sociedad española que los ciudadanos quieren preservar a toda costa de recortes o de deterioro en su calidad. Por eso, el Partido Popular ha negado antes de las elecciones los recortes en estos servicios y, cínicamente, sigue negándolo mientras los está desmontando.

El deterioro en los servicios públicos, su impacto en la cohesión social y sus consecuencias para la competitividad de la economía condicionan un modelo de convivencia diferente con riesgos de exclusión social e incremento de las desigualdades. Y, en algunos casos, de imposible reversibilidad. Pone en riesgo fuentes de bienestar individual, según la opinión mayoritaria de los españoles, pero no sólo eso. En un momento de crisis como éste, es imprescindible poner en valor todas las potencialidades colectivas para impulsar la economía y promover un desarrollo equilibrado y sostenible. Que sea esperanza de futuro para los jóvenes.

Y, mientras tanto, el Gobierno, a sus intereses y los del consorcio, con políticas que agravan el problema, meten a la economía en un círculo vicioso e introducen deterioro en las administraciones y servicios públicos, en muchos casos de difícil reversión.

Nuestro modelo de bienestar, conseguido tras años de esfuerzo colectivo y perseverancia es un logro de toda la ciudadanía, de los empleados públicos y de la voluntad política. Es un logro colectivo, y colectivamente lo tenemos que defender. Para el Partido Socialista es un objetivo irrenunciable.

Este artículo analiza críticamente la política de recortes de gasto sanitario público que se está realizando en España, recortes que acentuarán todavía más la polarización de la atención sanitaria en España por clase social.

Este artículo analiza críticamente la política de recortes de gasto sanitario público que se está realizando en España, recortes que acentuarán todavía más la polarización de la atención sanitaria en España por clase social.

El error de las políticas de austeridad, recortes incluidos, en la sanidad pública

Por Vicenç Navarro – Consejo Científico de ATTAC España

Una de las características de la sanidad pública española es su bajo gasto público sanitario, uno de los más bajos de la Unión Europea de los Quince, UE-15 (el grupo de países de la Unión Europea de semejante nivel de desarrollo económico al de España). Según Eurostat, en el 2008, el primer año de la crisis, España se gastaba sólo un 6,5% del PIB, comparado con un 7,3% en el promedio de la UE-15. Se llega a la misma conclusión cuando se escoge el gasto público sanitario por habitante. España se sitúa, de nuevo, a la cola de la UE-15.

Soy consciente de que algunos economistas de la salud en España han señalado que España se gasta ya en sanidad pública lo que le corresponde por su nivel de desarrollo económico, postura insostenible a la luz de los datos (para ver una crítica de tal postura, ver mi artículo publicado en la revista Salud 2000 de la Federación de Asociaciones para la Defensa de la Sanidad Pública (“Los determinantes del gasto público sanitario”. Agosto 2010). En realidad, España se gasta en sanidad pública mucho menos de lo que le corresponde por su nivel de riqueza. Su PIB per cápita es ya el 94% del PIB per cápita promedio de la UE-15. En cambio, su gasto sanitario público per cápita es sólo el 79,5% del gasto sanitario público per cápita del promedio de la UE-15. Si en lugar de 79,5% se gastara el 94%, España se gastaría en su sector sanitario público 13.500 millones de euros más de los que se gasta. Ni que decir tiene que el PIB por habitante no es el determinante del gasto público sanitario por habitante, pues muchas otras variables intervienen en configurar tal gasto, desde la estructura demográfica al tipo de organización del sistema sanitario, entre otros. Pero todas las indicaciones permiten llegar a la conclusión de que el gasto público sanitario es más bajo de lo que debiera ser por el desarrollo económico que tiene el país. Esta observación es aplicable a todos los servicios públicos del Estado del Bienestar. El número de personas adultas trabajando en los servicios públicos del Estado del Bienestar es de los más bajos de la UE-15. Sólo un 9%, comparado con un 15% en la UE-15 y un 25% en Suecia, el país que tiene mayor desarrollo de su Estado del Bienestar.

Las causas de este escaso gasto público sanitario son predominantemente políticas: el gran dominio que las fuerzas conservadoras han tenido sobre el Estado español a lo largo de su historia, característica que comparte con Grecia y Portugal, los países que tienen también un gran retraso en su gasto público social (ver Navarro, V., El subdesarrollo social de España. Causas y Consecuencias, y Volúmenes I, II y III de La Situación Social en España, 2004, 2007 y 2009).

La polarización por clase social del sistema sanitario español

Esta situación explica que España sea también el país que tiene el mayor porcentaje de gasto sanitario privado de la UE-15. Casi el 30% del gasto sanitario es gasto privado procedente predominantemente del 20-25% de la población que tiene mayor nivel de renta. Ello determina que exista una polarización por clase social del sistema sanitario español, con una sanidad privada que atiende básicamente a los sectores con mayores recursos y una sanidad pública que atiende a las clases populares. Esta polarización es típica de los países donde las fuerzas conservadoras han tenido mayor influencia sobre el Estado, tales como el sur de Europa y la mayoría de países de América Latina.

Tal sistema, además de injusto, es altamente ineficiente, pues mientras que la privada es, en general, mejor que la pública por su confort (una cama por habitación), por su mayor tiempo de visita y por una menor lista de espera, en la pública la calidad del personal y riqueza de la infraestructura es superior . En países donde se ha comparado la mortalidad estandarizando las variables que pueden afectar la mortalidad, ésta es mayor en los centros privados (con afán de lucro) que en los centros públicos (P. J. Devereaux, et ál. “Payment for care at private for-profit and private not-for-profit hospitals: a systemathic review and meta-analysis”, 08-06-04, y P. J. Devereaux, et ál. “A systematic review and meta-analysis of studies comparing mortality rates of private for-profit and private not-for-profit hospitals”, en la revista de la Canadian Medical Association 28-05-02).

Las políticas públicas que se están proponiendo con recortes sustanciales de la sanidad pública acentuarán todavía más la polarización por clase social del sistema sanitario español. Los recortes en el gasto público acelerarán el crecimiento de la sanidad privada, proceso de aceleración que será facilitado por la desgravación del aseguramiento privado que alcanza su máxima expresión en las propuestas del Conseller de Salut del gobierno CiU de Catalunya, el Sr. Boi Ruiz, quien ha propuesto el aseguramiento sanitario obligatorio para las rentas superiores, reduciendo el sector público a un sector asistencial de mínimos para las clases populares. Esta dicotomía afectará todavía más negativamente la inequidad e ineficiencia del sistema, como ha demostrado la experiencia en EEUU. Ningún otro país se gasta tanto en sanidad y tiene un mayor grado de descontento popular con su sistema sanitario que EEUU, donde el aseguramiento privado está generalizado. Es un tremendo error ir en esta dirección.

Los recortes acentuarán más la polarización social

Las insuficiencias del gasto público sanitario han dado pie a las políticas de recortes que se justifican bajo varios argumentos, ninguno de los cuales es sostenible, ni conceptualmente ni empíricamente. Es paradójico que algunos economistas aconsejen tales recortes que conllevarán una expansión de tal aseguramiento, argumentando que estimularán la eficiencia “eliminando la grasa”. Tal argumento ignora, sin embargo, el carácter político de los recortes, los cuales reproducen y acentúan más la desigualdad en la distribución del poder institucional dentro del sector sanitario, pues los grupos más poderosos se defienden mejor de los recortes que los grupos con menos poder. No hay ninguna evidencia de que tales recortes estén mejorando la eficiencia del sistema. Antes al contrario, están acentuando todavía más las grandes ineficiencias, consecuencia de la polarización por clase social del sistema sanitario.

Estos recortes van acompañados de una llamada al incremento de los ingresos privados, aumentando todavía más el elevado porcentaje que el gasto público privado representa sobre el gasto total. Uno de ellos es el copago, medida que se presenta frecuentemente como medida moderadora de un supuesto abuso del sistema público por parte del usuario, del cual no hay ninguna evidencia. El hecho de que el usuario español tenga más visitas o más recetas no es un indicador de abuso del sistema por parte del usuario, pues esta mayor utilización se debe a causas administrativas (tener la firma del médico) o a una subutilización del personal de enfermería, entre otros factores. Es más, la utilización y el gasto sanitario viene determinado en gran manera por el médico, no por el usuario.

El sistema de copago no es equitativo y sería mucho más eficiente, eficaz y equitativo que el pago se hiciera por vía impositiva con una orientación finalista, tal como se ha desarrollado en otros países. La carga fiscal en España es, además de baja, altamente regresiva. Y debería corregirse, añadiendo un componente finalista en la corrección de inequidades fiscales. Las encuestas señalan que, a la vez que existe una gran desaprobación por parte de la población de los recortes y del copago, hay una amplia aprobación del aumento de los recursos para la sanidad (87% de la población). En realidad, los fondos que el Estado intenta ahorrarse recortando los servicios sanitarios podrían haberse adquirido a base de medidas tales como eliminar la baja de impuestos a las empresas que facturan más de 150 millones de euros al año (que habrían obtenido 5.300 millones de más) o recuperando el impuesto del patrimonio (2.100 millones de euros), y eliminando la reducción de los impuestos de sucesiones (2.552 millones), o eliminando el fraude fiscal de la grandes fortunas, de la banca y de las grandes empresas que facturan más de 150 millones de euros al año, consiguiendo 44.000 millones de euros, por citar sólo unos ejemplos (ver “Hay alternativas. Propuestas para crear empleo y bienestar en España” Navarro, V., Torres, J., Garzón, A.). Tales recortes responden a unas coordenadas políticas de poder que se presentan erróneamente como las únicas alternativas posibles. Pero los datos muestran que otras intervenciones son posibles si existe voluntad política para ello.

Artículo publicado en GACETA SANITARIA

Artículo publicado en el New York Times por premio Nobel de Economía 2008…

Artículo publicado en el New York Times por premio Nobel de Economía 2008…

El suicidio económico de Europa

La austeridad fiscal que promueve Alemania está ahogando a sus socios europeos

Por Paul Krugman, 22 ABR 2012

La semana pasada, The New York Times informaba de un fenómeno que parece extenderse cada vez más en Europa: los suicidios “por la crisis económica” de gente que se quita la vida desesperada por el desempleo y las quiebras de las empresas. Era una historia desgarradora, pero estoy seguro de que yo no era el único lector, especialmente entre los economistas, que se preguntaba si la historia principal no será tanto la de las personas como la de la aparente determinación de los líderes europeos de cometer un suicidio económico para el continente en su conjunto.

Hace solo unos meses albergaba algo de esperanza respecto a Europa. Es posible que recuerden que a finales del pasado otoño Europa parecía estar al borde de la crisis financiera, pero el Banco Central Europeo, homólogo europeo de la Reserva Federal estadounidense, acudió al rescate. Ofreció a los bancos europeos unas líneas de crédito indefinidas siempre que presentaran bonos de los Gobiernos europeos como garantía, lo que ayudó directamente a los bancos e indirectamente a los Gobiernos, y puso fin al pánico.

La cuestión por aquel entonces era saber si esta acción valiente y eficaz sería el inicio de un replanteamiento más amplio, y si los líderes europeos usarían el oxígeno que el banco había insuflado para reconsiderar las políticas que llevaron las cosas a un punto crítico en primer lugar.

Pero no lo hicieron. En vez de eso, persistieron en sus políticas y en sus ideas que no dieron resultados. Y cada vez resulta más difícil creer que algo les hará rectificar el rumbo.

Piensen en la situación en España, que actualmente es el epicentro de la crisis. Ya no se puede hablar de recesión; España se encuentra en una depresión en toda regla, con una tasa de desempleo total del 23,6%, comparable a la de EE UU en el peor momento de la Gran Depresión, y con una tasa de paro juvenil de más del 50%. Esto no puede seguir así, y el hecho de haber caído en la cuenta de ello es lo que está incrementando cada vez más los costes de financiación españoles.

En cierta forma, no importa realmente cómo ha llegado España a este punto, pero por si sirve de algo, la historia española no se parece en nada a las historias moralistas tan populares entre las autoridades europeas, especialmente en Alemania. España no era derrochadora desde un punto de vista fiscal; en los albores de la crisis tenía una deuda baja y superávit presupuestario. Desgraciadamente, también tenía una enorme burbuja inmobiliaria, que fue posible en gran medida gracias a los grandes préstamos de los bancos alemanes a sus homólogos españoles. Cuando la burbuja estalló, la economía española fue abandonada a su suerte. Los problemas fiscales españoles son una consecuencia de su depresión, no su causa.

Sin embargo, la receta que procede de Berlín y de Fráncfort es, lo han adivinado, una austeridad fiscal aún mayor.

Esto es, hablando sin rodeos, descabellado. Europa ha tenido varios años de experiencia con programas de austeridad rigurosos, y los resultados son exactamente lo que los estudiantes de historia les dirían que pasaría: semejantes programas sumen a las economías deprimidas en una depresión aún más profunda. Y como los inversores miran el estado de la economía de un país a la hora de valorar su capacidad de pagar la deuda, los programas de austeridad ni siquiera han funcionado como forma de reducir los costes de financiación.

¿Cuál es la alternativa? Bien, en la década de 1930 —una época cuyos detalles la Europa moderna está empezando a reproducir de forma cada vez más fiel— el requisito fundamental para la recuperación fue una salida del patrón oro. La medida equivalente ahora sería una salida del euro, y el restablecimiento de las monedas nacionales. Pueden decir que esto es inconcebible, y que sin duda alguna sería enormemente perjudicial tanto económica como políticamente. Pero lo que es realmente inconcebible es mantener el rumbo actual e imponer una austeridad cada vez más rigurosa a países que ya están sufriendo un desempleo de la época de la Depresión.

Por eso, si los líderes europeos quisieran realmente salvar al euro estarían buscando un rumbo alternativo. Y la forma de dicha alternativa es en realidad bastante clara. Europa necesita más políticas monetarias expansionistas, en forma de buena disposición —una buena disposición anunciada— por parte del Banco Central Europeo para aceptar una inflación algo más elevada; necesita más políticas fiscales expansionistas, en forma de presupuestos en Alemania que contrarresten la austeridad en España y en otros países en apuros de la periferia europea, en vez de reforzarla. Incluso con esas políticas, los países periféricos se enfrentarían a años de tiempos difíciles, pero al menos existiría alguna esperanza de recuperación.

Sin embargo, lo que estamos viendo en realidad es una falta de flexibilidad absoluta. En marzo, los líderes europeos firmaron un pacto fiscal que establece de hecho la austeridad fiscal como respuesta ante todos y cada uno de los problemas. Mientras tanto, los principales directivos del banco central insisten en recalcar la voluntad del banco de aumentar los tipos a la más mínima señal de una inflación más elevada.

Por eso resulta difícil evitar una sensación de desesperación. En vez de admitir que han estado equivocados, los líderes europeos parecen decididos a tirar su economía —y su sociedad— por un precipicio. Y el mundo entero pagará por ello.

Paul Krugman, premio Nobel de Economía 2008, es catedrático de la Universidad de Princeton.

Traducción de News Clips.

© 2012 New York Times News Service

Las modificaciones por “decreto” de RTVE en la línea del adiós a la veracidad y a la pluralidad…

Las modificaciones por “decreto” de RTVE en la línea del adiós a la veracidad y a la pluralidad…

Acabar con la información para que se imponga la propaganda

Por Javier Jiménez Martín, Secretario de Política Sectorial de CCOO

nuevatribuna.es

El Consejo de Ministros del pasado viernes, ha aprobado mediante  un nuevo Real Decreto Ley (16º desde la conformación del nuevo gobierno) la modificación de la Ley de la Corporación RTVE y en esta ocasión, de nuevo, acude a la justificación de la extraordinaria y urgente necesidad que exige el artículo 86 de la Constitución para su promulgación lo que  aparte de chusco, resulta insultante.

Así mismo, se ha acordado  la remisión al Congreso del Proyecto de Ley que modifica la Ley General de Comunicación Audiovisual (LGCA), en lo relativo a la regulación de los canales autonómicos de televisión.

Finalmente, han cedido a la caverna mediática y a numerosas voces del PP que se han venido manifestando por dar un puñetazo en la mesa para acabar “con el intolerable tratamiento de los informativos de RTVE hacia el Partido Popular y el Gobierno” a la vez que el desgaste acelerado ante la opinión pública que sufren, fruto de sus decisiones y mentiras, se justifican en “fallos en la política de comunicación”.

No les bastaba con el TDT Party, ni con la abrumadora mayoría de prensa escrita de derechas, ni con la concentración de medios generalistas en manos de dos grandes grupos como MEDIASET (Tele5) y Antena 3, que controlan la mitad de los canales que permite el sistema de Televisión Digital Terrestre y que en lo referente a la publicidad se quedan directamente con todo el pastel de ingresos, más del 85%.

En conclusión, el pluralismo televisivo que ofrece el mercado, después de conceder el estado licencias para más de treinta canales, se ha quedado en dos y desde el punto de vista informativo, la pluralidad de los medios públicos salvo RTVE, es la que conocemos.

Se arremete contra el servicio público de la radiodifusión estatal en un paso más para acabar con todo lo público en España. Un paso más para cercenar los derechos de la ciudadanía, en este caso el derecho fundamental a la información plural y veraz. Volvemos a una radiotelevisión pública de partido político dominante, se retrocede para volver a épocas que parecían superadas de control político.

El gobierno se exonera a sí mismo del compromiso de buscar el consenso que establecía la ley y se busca la utilización partidista de los medios públicos. Se acaba con la dedicación exclusiva de los miembros del Consejo de Administración a excepción del Presidente de la Corporación y, cómo no, se expulsa a los sindicatos del mismo.

La reforma por trámite de urgencia de la LGCA, de la que los medios destacan que da vía libre a la eventual privatización de los canales públicos autonómicos, atenta contra el principio de libertad de información y pluralidad.

Convendría no dejarse engañar por los titulares ya que mientras que en la justificación de la reforma se cita genéricamente la externalización o cesión de la producción de programas, la modificación propuesta solo introduce como novedad eliminar la prohibición de ceder a terceros la producción de informativos, ya que con la regulación en vigor, es potestad de los poderes públicos determinar el catálogo de programas protegidos o excluidos de la cesión en el ejercicio de sus funciones legislativas, exceptuando estos.

Conviene recordar que la LGCA es una ley de bases, lo que implica que esta medida podría ser también de aplicación a RTVE.

Actualmente se dispone por parte de las diferentes administraciones en el uso de sus competencias, de flexibilidad suficiente para determinar a qué programas no le será de aplicación la prohibición de cesión a terceros mediante lo que se estipule en cada mandato marco, salvo los programas informativos que no son elegibles.

En otro orden de cosas, la gestión indirecta de los programas informativos, haría irrelevante el papel de los Consejos de Informativos constituidos en los operadores públicos, al no ser extensible sus funciones frente a terceros, siendo los Consejos de Informativos elemento esencial para garantizar la independencia, objetividad, pluralidad y calidad de los servicios públicos de comunicación audiovisual, así como un adecuado ejercicio en el desempeño profesional de los informadores.

Con respecto a la pretendida búsqueda de eficiencia económica en la utilización de los recursos públicos, no deja de ser un nuevo pretexto, ya que la regulación europea especifica que las ayudas estatales a los servicios públicos de radiodifusión se justifican por que “Los servicios públicos de radiodifusión, a pesar de tener una importancia económica evidente, no son comparables con los servicios públicos de ningún otro sector económico. No existe ningún otro servicio que, simultáneamente, tenga un acceso tan amplio a la población, le proporcione tal cantidad de informaciones y contenidos y, de este modo, transmita las opiniones individuales y la opinión pública e influya tanto en las mismas.”

Estas directrices obligan a que, para que las compensaciones no sean consideradas ayudas estatales, los parámetros del cálculo de la compensación deben establecerse de forma objetiva y transparente definidas en un acto público formal y, para evitar el falseamiento de la competencia, no debe superar el coste neto soportado por la empresa por el funcionamiento del servicio sobre la base de un análisis de los costes necesarios para poder satisfacer las exigencias de servicio público determinadas por los poderes públicos.

Los pretendidos diferenciales positivos obtenidos por la producción por parte de terceros de los programas informativos o los establecidos en los diferentes mandatos marco, solo pueden obedecer al erróneo cálculo realizado por sus gestores en la determinación de sus costes actuales (que no ha sido puesta de manifiesto por las autoridades comunitarias ni por las autoridades audiovisuales competentes) o a la disminución de los medios utilizados en su producción, lo que conllevaría una modificación a la baja de las exigencias de servicio público requeridas, no producidas hasta la fecha, con consecuencias graves en la calidad y pluralidad de los mismos.

En resumen, ambas medidas están destinadas por igual a socavar la pluralidad y la veracidad, quieren acabar con todo y ahora le toca el turno a la radiotelevisión pública,  acabando con la información para que se imponga la propaganda.

Mas que presupuestos habría que llamarlo “programa de privatización urgente del escaso bienestar social que teníamos…” no sea que en Francia acabe habiendo pronto un inquilino en El Eliseo que se atreva a decirle ¡¡NO!! a Angela Merkel…

Mas que presupuestos habría que llamarlo “programa de privatización urgente del escaso bienestar social que teníamos…” no sea que en Francia acabe habiendo pronto un inquilino en El Eliseo que se atreva a decirle ¡¡NO!! a Angela Merkel…

El Presupuesto del Gobierno Rajoy no es bueno para España

Por Vicenç Navarro, Catedrático de Políticas Públicas de la Universidad Pompeu Fabra

nuevatribuna.es

Juan Torres, entre muchos otros economistas, ha señalado las enormes contradicciones existentes entre las promesas hechas por el Partido Popular, claramente descritas en su programa electoral y en los discursos del candidato Rajoy durante la campaña electoral, y las políticas llevadas a cabo por tal partido una vez en el gobierno. Tales contradicciones no pueden atribuirse a un error de cálculo, sino a una estrategia bien definida de realizar lo que estaban ya preparados para imponer a la ciudadanía española, ocultándolo con promesas que se han convertido en enormes falsedades. Nunca antes durante el periodo democrático, un gobierno había roto con mayor cinismo (y no hay otra manera de definirlo) las promesas realizadas durante la campaña electoral.

Este comportamiento ha alcanzado cotas hasta ahora desconocidas en la vida política de España durante el periodo democrático. La supeditación de la vida pública del país para satisfacer las necesidades partidistas del partido gobernante, ha llegado a niveles desproporcionados, que ha tenido un impacto opuesto al deseado. Retrasar, por ejemplo, la presentación del presupuesto para el día después de las elecciones andaluzas y asturianas, con el fin de ocultar las políticas sumamente impopulares, subestimó dramáticamente la inteligencia de la población española, y muy en especial de las clases populares, hecho que, aún siendo generalizado entre las élites políticas y mediáticas del país, alcanzó niveles democráticamente intolerables para un gobierno. Este retraso en facilitar la información tuvo predeciblemente el impacto opuesto al deseado por el manipulador gobierno Rajoy. La población andaluza y la asturiana se alarmaron al querer ocultárseles el presupuesto, pues muchos concluyeron que sería un presupuesto malo para sus intereses y eso afectó al comportamiento electoral de manera opuesta al deseado.

Tal retraso afectó también muy negativamente a la imagen del gobierno, perdiendo credibilidad internacional, causa, en gran parte, de que la prima de riesgo se disparara ocasionando un problema grave en el pago de la deuda pública española. Este periodo de silencio intentaba compensarlo Rajoy con declaraciones (que suponía, erróneamente, que podrían mantenerse confidenciales) a las élites de la Comisión Europea y del BCE, en las que afirmaba que el programa de reformas sería muy “agresivo” (término utilizado por el Ministro de Economía, el Sr. Luis de Guindos) en contra de los trabajadores, y que le “costaría una huelga general” (como indicó el presidente Rajoy). Estas declaraciones querían tranquilizar a sus superiores, diciéndoles que tuvieran confianza en él, que sería duro con las clases populares. Era el caso extremo de lo que Noam Chomsky llama la guerra de clases unilateral que se convirtió en bilateral a partir de la huelga general (ver su prólogo en el libro Hay alternativas. Propuestas para crear empleo y bienestar en España, de Navarro V., Torres, J. y Garzón A.). El gobierno Rajoy es, sin duda, el más agresivo contra la España Social que haya existido en el periodo democrático y sus propuestas presupuestarias tendrán un impacto enormemente negativo para la gran mayoría de la población española.

Veamos los datos.

El mensaje que el presupuesto del gobierno transmite es que el gobierno Rajoy quiere dar la imagen de que el mayor problema que tiene España es el elevado déficit público, y que para resolverlo hay que recortar dramáticamente el gasto público, incluyendo el gasto público social (que ya es el más bajo de la Unión Europea de los Quince, el grupo de países de la UE con un nivel de desarrollo económico semejante al de España). Estos recortes, además de desproporcionados, son indiscriminados, recortando incluso componentes del gasto esenciales tanto para estimular la economía como para resolver el enorme problema del desempleo, que es el mayor problema económico y social que tiene España. Recortar el gasto en infraestructura, I+D y educación, junto con el gasto en formación profesional, es suicida. Y empleo este término con todo rigor, pues tales medidas empeorarán dramáticamente las posibilidades de que la economía se recupere y con ello baje el déficit. La experiencia griega es el caso más claro del error de tales políticas. También muestra una enorme insensibilidad social, recortando gastos en sectores esenciales de ayuda a las familias españolas, como la sanidad y los servicios de dependencia, sobrecargando con ello a las familias (y en España, decir familia quiere decir mujer). Son unos presupuestos antisociales, anti-familias y anti-mujer. Sus medidas antisociales contribuirán al desempleo, pues destruyen empleo en los escasamente desarrollados servicios públicos del Estado del Bienestar (España tiene el porcentaje de la población adulta que trabaja en los servicios públicos del Estado del Bienestar más bajo de la UE-15). Es un presupuesto hostil al subdesarrollado Estado del Bienestar español, forzando a las Comunidades Autónomas (que gestionan la mayoría de los servicios públicos y transferencias del Estado del Bienestar) a unos recortes que no podrán absorber.

Pero la mayor incoherencia del presupuesto aparece en el capítulo de ingresos. Es bien conocido que hay tres maneras de reducir el déficit público. Una es estimulando la economía, creciendo económicamente, lo cual este presupuesto no conseguirá. Antes al contrario, este presupuesto aumentará más la recesión. La otra manera es reduciendo el gasto público, que es la vía escogida por este gobierno, medida que será contraproducente, pues al eliminar elementos estimuladores de la economía (consecuencia de la manera indiscriminada en que se han hecho tales recortes), la reducción del déficit será muy limitada (sin excluir su empeoramiento), como muestra claramente el caso griego. Y la tercera manera es aumentando los ingresos al Estado mediante aumento de los impuestos. Pues bien, en contra de lo que se ha publicado, este presupuesto recorta los impuestos en lugar de aumentarlos. Veamos. Las medidas impositivas del gobierno Rajoy se dividen en medidas estructurales, es decir, medidas que durarán muchos años, y medidas coyunturales, es decir, sólo por un par de años o poco más. Ni que decir tiene que las intervenciones más importantes para definir el déficit estructural son las intervenciones estructurales, no las coyunturales. Pues bien, el gobierno Rajoy ha disminuido los impuestos para las rentas superiores y medias, desgravando la compra de la vivienda, y ha bajado las deducciones fiscales por gastos financieros que favorece a las rentas superiores. Querer reducir el déficit estructural y a la vez bajar los impuestos estructurales es una contradicción y un enorme error.

La subida de impuestos del IRPF (que grava sobre todo a las rentas del trabajo) acentúa todavía más la dependencia de los ingresos del Estado de las rentas derivadas del trabajo, con el agravante de que el nivel formal de gravación para las rentas superiores es ficticio, resultado del impacto regresivo de las múltiples deducciones y artimañas legales que quedan permanentes. Y lo que alcanza niveles escandalosos es la política de corrección del fraude fiscal, pues favorece su permanencia y extensión, penalizando a los que no defraudaron a Hacienda y exigiendo tributaciones a los que defraudan muy por debajo de las exigidas al tributante promedio.

Es más, la mayoría del fraude fiscal (72%) en España, según los técnicos de Hacienda, procede de las grandes familias, así como de las grandes empresas que facturan más de 150 millones de euros al año y de la banca. A partir de estas medidas de “supuesta corrección del fraude fiscal”, tales grupos serán favorecidos para pagar menos impuestos de lo que pagan la mayoría de contribuyentes al fisco.

La evidencia acumulada es que el presupuesto del gobierno Rajoy es un medio para conseguir los objetivos políticos deseados, que consisten en debilitar al Estado del Bienestar y diluir la protección social. Los objetivos fiscales –la reducción del déficit- son imposibles de alcanzar con este presupuesto, pues la única manera de reducirlo es creciendo económicamente y creando empleo, incluso a base de hacer inversiones destinadas explícitamente a crear empleo, lo cual ni siquiera se considera en este presupuesto.

Una última observación.

Soy consciente de que algunos lectores pueden considerar exagerada mi definición del presupuesto Rajoy como el más antisocial que haya existido en España durante la democracia. Invito a tales lectores a que miren los datos. Como bien mostró David Lizoain en su análisis “El disparate presupuestario español”, el gobierno Rajoy intenta reducir el déficit consolidado un 3,2% del PIB. Pero de estos recortes, el gobierno central sólo contribuye en la mitad. La otra mitad la tienen que realizar las CCAA (que como he indicado, son las que gestionan los servicios y gran parte de las transferencias del Estado del Bienestar), cuyo gasto es mayoritariamente social (un 60%). Sus exigencias a las CCAA sólo pueden atenderse con recortes sustanciales de tal gasto que, sin ninguna duda, originarán el debilitamiento del sector público, con el enriquecimiento del sector privado, y muy en particular de los bancos y de las compañías de seguros que han deseado el desmantelamiento del Estado del Bienestar desde años. Lo dijo con toda claridad el Presidente del Banco Central Europeo, el Sr. Mario Draghi, en una entrevista al Wall Street Journal (24.02.12) cuando indicó que el Estado del Bienestar europeo no era viable. Y puso como condición para comprar deuda pública española que se privatizara el Estado del Bienestar, lo cual el gobierno Rajoy está haciendo a pies juntillas. Así de claro.

El siguiente artículo tiene ya 10 días, pero en ese tiempo no ha perdido ni un ápice de vigencia, todo lo contrario, sobre manera si lo contrastamos con la realidad de esos 10 días transcurridos…

El siguiente artículo tiene ya 10 días, pero en ese tiempo no ha perdido ni un ápice de vigencia, todo lo contrario, sobre manera si lo contrastamos con la realidad de esos 10 días transcurridos…

Presupuestos: La Crisis y el Multiplicador del Gasto

Juan Ignacio Bartolomé Gironella es miembro de Economistas Frente a la Crisis.

Los economistas ortodoxos no salen de su asombro. No por la amplia extensión de ideas heterodoxas (en situación de fuerte caída de la demanda efectiva es necesario reducir el gasto publico) lo que podría formar parte de una legitima controversia teórica, si no, sobre todo, por la tozuda defensa  de sus propuestas a pesar de que la realidad está demostrando, contundentemente, las terribles consecuencias de la política económica que resulta de su aplicación dogmática.

En economía, como en medicina, también hay curanderos que porfían en tratamientos que empeoran la salud de su paciente. Son los heterodoxos, los de los tratamientos alternativos que, seguros en su fe, cierran los ojos ante la realidad. Justo lo contrario de lo que exige el método científico, siempre tributario de la experiencia empírica.

En el curso introductorio a la macroeconomía, en primer año de la licenciatura de Ciencias Económicas, explicábamos un concepto al que llamábamos “Multiplicador del Gasto Público”. Era un efecto, en cierta medida paradójico, según el cual, bajo determinadas condiciones, un incremento del gasto público desencadenaba un proceso de incrementos sucesivos de la producción de bienes y servicios que permitían al Estado aumentar sus ingresos hasta el punto en que se contrarrestaba el incremento del gasto, con lo que acababan equilibrándose las cuentas públicas al nivel inicial. El mecanismo, explicado con la sencillez que requería un curso introductorio, es el siguiente: si, por ejemplo, el nuevo gasto se dedica a contratar a unos trabajadores, el Estado recupera el impuesto sobre la renta de estos trabajadores y, además, el IVA sobre la mayor parte de las compras que estos efectúen. Y, ya de forma indirecta, estas compras, en el supermercado o en el bar de la esquina, suponen un aumento del empleo y de las ventas y beneficios de determinadas empresas que también pagan los impuestos correspondientes y que, a su vez, aumentan sus compras a las empresas proveedoras, lo que implica nuevos aumentos de la recaudación del Estado y menos costes por prestaciones sociales. De ahí el concepto “Multiplicador”.

Este efecto opera igualmente, aunque en sentido contrario, si se trata de una reducción del gasto público. Si, por ejemplo, se despide a profesores, a médicos, o a investigadores, éstos pagan menos impuestos y también consumen menos lo que supone menores ventas de otras empresas, que acortan sus plantillas y aminoran los pedidos a sus proveedores, provocando nuevos descensos de los impuestos recaudados por las administraciones públicas. Calculábamos, tras operaciones aritméticas bastante simples, que al final del proceso el descenso del gasto público llevaría consigo un menor ingreso en cuantía similar. Es decir, la reducción del gasto no implica la pretendida reducción del déficit presupuestario.

Ambos fenómenos incorporan consecuencias muy relevantes. En el primer caso, el aumento del gasto público se traducía en mayor producción de bienes y servicios (PIB), mejora de la eficiencia del sistema productivo y más rentas y mayor grado de satisfacción de los ciudadanos. Mientras que en el segundo caso, reducción del gasto público, la consecuencia era un descenso del empleo, del PIB, de las rentas y de la eficiencia de la economía.

Son relaciones teóricas pero que pueden comprobarse en la práctica con un somero análisis de la evolución de las variables macroeconómicas y que sustentan la posibilidad de actuar desde el Estado para compensar una caída drástica de la actividad económica.

Siempre había en la clase un alumno aventajado que sintetizaba con una pregunta el desasosiego de sus compañeros. ¿Si esto es así, porqué no aumentar más y más el gasto de las administraciones públicas? La respuesta era el contenido de la segunda parte de la lección: como todo en la teoría económica, la relación entre causas y efectos se da en determinadas condiciones. Vamos a describir estas condiciones en un contexto de crisis profunda como la que sufrimos en la actualidad en España.

La primera condición es bastante evidente. Se requiere que el aparato productivo sea capaz de responder con aumentos de la producción de bienes y servicios al impulso de la demanda originada por el incremento del gasto público. Es decir, que tenga capacidades no utilizadas. En un escenario como el que vivimos esto no parece ser un problema. La mayor parte de las empresas están funcionando muy por debajo de sus posibilidades. Las cifras de paro son el mejor reflejo de la actual infrautilización de los recursos de que disponemos.

La segunda condición, conectada con la primera, se refiere al efecto sobre los precios, la tasa de inflación, que puede derivarse de incrementos sistemáticos de la demanda. Los movimientos de los precios reflejan las tensiones entre demanda y oferta. Si ésta no puede responder con aumento de las cantidades, responderá elevando los precios. En determinadas áreas se irán generando “cuellos de botella” traducidos en mayores precios que se trasmitirán al resto del sistema. La inflación tiene sus propios mecanismos de auto-alimentación, espirales de precios, que cuando se ponen en marcha son difíciles de corregir. Y en nuestro sencillo discurso aportábamos elementos que mostraban las graves ineficiencias que una inflación excesiva introducía en el funcionamiento del sistema económico. Sin embargo, éste tampoco parece ser un problema en las actuales circunstancias. La crisis, con un alto contenido de deficiencia de la demanda efectiva, convive con alzas de los precios muy limitadas.

La tercera condición se refiere a la financiación del incremento del gasto público. Si el Estado decide gastar más tiene que obtener créditos, que serán devueltos cuando sus arcas experimenten la afluencia de ingresos a través del efecto multiplicador que se describía al principio. Pero, en su búsqueda de financiación, el sector público compite con los inversores privados. En un escenario de fondos prestables escasos, la mayor demanda de préstamos por la Administración tiene consecuencias muy desfavorables para la inversión privada. Reduce las cantidades a su disposición y aumenta los tipos de interés. Sin embargo, éste tampoco es un problema relevante en los tiempos que vivimos. Las expectativas de los empresarios, que es lo que alimenta su demanda de inversión, están por los suelos, por lo que no se verían afectadas por el incremento del gasto público. De hecho, lo que les afecta con negativa intensidad es su reducción.

Un cuarto condicionante apunta al Comercio Internacional. La tan mencionada globalización supuso, hasta el estallido de la crisis, una expansión muy fuerte de los intercambios comerciales entre los países y de sus porcentajes sobre el PIB. El problema es que la expansión de la demanda, a través del gasto público, en un determinado país, corre el peligro de dirigirse, en parte, hacia las importaciones lo que, lógicamente, reduce sus efectos sobre el mercado interior. A pesar de la política expansiva llevada a cabo por el Gobierno español entre principios de 2008 y mediados de 2010, la debilidad de la demanda en ese periodo hizo que el déficit comercial se redujese prácticamente a la mitad motivado por una aguda caída de las importaciones y no tanto por la fortaleza de nuestras exportaciones. El impulso a la demanda en un país debe ser simultáneo al de los países de su entorno, de forma que el incremento de las importaciones venga contrarrestado por un aumento paralelo de las exportaciones. De ahí la crítica a la carencia angustiosa de coordinación de las políticas macroeconómicas en el seno de la Unión Europea.

La quinta condición también depende en gran medida de decisiones externas a la Administración del país. El tamaño de la diferencia entre gastos e ingresos públicos, el déficit, y su forma de financiación deben someterse a la normativa de la Unión Europea y a los acuerdos entre los estados miembros. Son normas establecidas cuando se crea el euro que limitan de manera estricta la autonomía de los gobiernos para contrarrestar, a través de su gasto, los efectos de la crisis en su propio país.

En concreto, y a diferencia del resto de las áreas económicas, EEUU, Reino Unido, Japón… el Banco Central Europeo no financia con Eurobonos los déficits públicos de los países cuya moneda es el Euro y las autoridades europeas exigen de forma rígida el mantenimiento de estos déficits en límites muy estrechos. Son reglas adecuadas en condiciones normales pero que, evidentemente, no están pensadas para situaciones de crisis, a pesar de lo cual, los Estados que controlan la Unión Europea, liderados por Alemania, las aplican rigurosamente, con la amenaza de expulsar de la moneda común a quien las incumpla.

Su aplicación se centra en la disminución del gasto público, ignorando que ello supone, a su vez, la reducción de los ingresos y, por tanto, el mantenimiento del déficit, e ignorando también sus consecuencias sobre el PIB, sobre los niveles de desempleo, sobre la calidad de vida de los ciudadanos y sobre la cohesión y la conflictividad social. El coste para la ciudadanía de esta política es inmenso y, por supuesto, muy superior a los beneficios que pudiera reportar.

En España hay recursos productivos en cantidades muy amplias que se mantienen ociosos. Trabajadores, empresarios, instalaciones, materias primas, tecnología… y también existen necesidades insatisfechas que suponen una gran demanda potencial que no se hace efectiva. Además, se cumplen las tres primeras condiciones que mencionábamos al principio. Sin embargo, las condiciones cuarta y quinta, que dependen de decisiones externas, impiden actuar a nuestras Administraciones Públicas para movilizar y emplear estos recursos.

Volviendo a la actividad docente, también tratábamos de explicar las causas de las crisis económicas: carencia de materias primas, excesos de oferta por sobreinversión, oleadas de nuevas tecnologías que provocaban la obsolescencia del aparato productivo, inadecuación de la mano de obra, falta de iniciativa empresarial,…. etc.

Lo paradójico es que ninguna de estas causas se adecúa a lo que está pasando. Conocemos los orígenes de la crisis pero su permanencia se debe a la caída de la demanda efectiva por depresión de las expectativas de los inversores y consumidores, por la reducción de la capacidad de comprar de estos últimos y por la inoperancia del sistema financiero. Son factores que pueden ser corregidos a través del impulso de las administraciones públicas Anunciar nuevos recortes no mejora, evidentemente, las expectativas de inversores y consumidores ni el funcionamiento del sistema financiero, cuya capacidad para abordar su endeudamiento depende de la evolución de los negocios. Es lógico que las reducciones del gasto público aumenten la prima de riesgo de la deuda, tanto del sistema financiero como del Estado, ya que la garantía de su devolución depende, fundamentalmente, de las previsiones sobre la evolución del PIB.

La desconfianza de los mercados no se debe a la insuficiencia de las medidas restrictivas que anuncian los presupuestos, sino, por el contrario, a la percepción de que estas medidas suponen ahondar en la depresión y, por tanto, a las dificultades para hacer frente a la deuda en un escenario más crítico.

Por ello, no es fácil clasificar la actual crisis con los criterios que utilizábamos en nuestros cursos. Si tuviéramos que asignarle un adjetivo hablaríamos de crisis “deliberada”. Las autoridades europeas nos mantienen deliberadamente en un escenario de paro, de inutilización del aparato productivo, de recortes de las prestaciones sociales y todo ello en aras de una pretendida austeridad, cuando este escenario, que prescinde de médicos, profesores, investigadores, etc., es precisamente el mayor derroche.

Y todo esto ¿porqué? Una característica esencial de esta crisis, a diferencia de otras que hemos sufrido, es que ha desencadenado un conglomerado de intereses que abogan por el mantenimiento de la recesión en los países del sur de Europa. Se sienten cómodos en ella. Son elementos que impiden la adopción de medidas para salir de la crisis. Pongamos algunos ejemplos:

A.-La colocación de eurobonos por el Banco Central Europeo, empleando los recursos obtenidos en la financiación a bajos tipos de interés de los déficit públicos, acompañada, por supuesto, de una fiscalización estricta de su utilización, reduciría el servicio de la deuda y permitiría a los gobiernos impulsar la movilización de los recursos productivos.

Sin embargo, eliminaría la especulación en torno a la deuda pública y reduciría los beneficios de los operadores financieros. Es lógico que estos se opongan con toda su capacidad de lobby.

B.-Un contexto de crisis como el que vivimos es el más adecuado para imponer una reforma laboral que quiebre la fuerza de las centrales sindicales y someta al mundo laboral.

C.-La pretendida austeridad es una magnifica coartada para reducir las prestaciones sociales. Al fin y al cabo, estas prestaciones son el eje de la redistribución de rentas por parte de estado. Y esta redistribución es obviamente, de los ricos hacia los pobres. Eliminando las prestaciones se elimina la redistribución.

D.-Aferrados a los tratados, en medio de una crisis profunda, un conjunto de países, liderados por Alemania, pueden modificar las relaciones de poder en el seno de la Unión Europea. El espectáculo de Alemania imponiendo los gobiernos de Grecia, Italia, Portugal e, indirectamente, España, solo es explicable en las actuales circunstancias.

E.-La crisis impulsa un cambio en la distribución del trabajo, tanto dentro de la Unión Europea como en el ámbito mundial. Habrá países ganadores y perdedores en esta nueva distribución.

En definitiva se trata de cambiar el sistema de producción, de distribución y de relaciones industriales y sociales. Eso es lo que está en juego. Las crisis desembocan en un nuevo sistema económico y la batalla se centra en la definición de este nuevo sistema. La derecha europea, amparada por los análisis de un amplio espectro de economistas heterodoxos, está ganando esta batalla por amplia goleada.

Este conglomerado de intereses es la explicación de los presupuestos elaborados por el Gobierno Español. La imagen del alto cargo europeo echando las manos al cuello del ministro español, al parecer en broma, no le vemos la gracia, es bastante expresiva. Lo surrealista son las declaraciones de este alto cargo: “Sabemos que ello supondrá mayor paro y más pobreza, pero es necesario hacer nuevos esfuerzos de reducción del gasto público en España”.

Se ha subvertido el objetivo de la política económica. No es combatir el paro y la pobreza, es reducir el gasto público. Estamos al borde del abismo y nos dicen que demos un paso al frente. Es lógico que tras la publicación de los presupuestos de la Administración Española aumenten la desconfianza en nuestra capacidad de afrontar la deuda, la prima de riesgo, las cifras de paro y las dificultades del sistema financiero.

Ello lleva a insistir en que nos mantienen deliberadamente en la crisis. Solo la aparición de intereses favorables a su superación, con suficiente potencia para contrarrestar los intereses en contra, puede cambiar la tendencia. De momento la crisis durará el tiempo que necesiten estos últimos para conseguir sus objetivos.

Juan Ignacio Bartolomé Gironella es economista y miembro de ECONOMISTAS FRENTE A LA CRISIS

Hacia las políticas de estímulo económico y creación de empleo, en lugar de la austeridad como receta única… la necesaria ruptura del binomio Merkel-Sarkozy, la recuperación del valor redistributivo de los socialdemócratas...

Hacia las políticas de estímulo económico y creación de empleo, en lugar de la austeridad como receta única… la necesaria ruptura del binomio Merkel-Sarkozy, la recuperación del valor redistributivo de los socialdemócratas...

¿Cambios en la socialdemocracia francesa y en la española?

Por Vicenç Navarro, Catedrático de Políticas Públicas de la Universidad Pompeu Fabra

nuevatribuna.es

Parece que el descontento de la ciudadanía con los instrumentos políticos que históricamente han sido más receptivos a las demandas de las clases populares -tales como los partidos socialdemócratas- están teniendo un cierto impacto en algunos países, provocando la recuperación de parte del ideario político que se había abandonado cuando gobernaban. Uno de los protagonistas del cambio provocado por este descontento popular es el Partido Socialista Francés (PSF). Su candidato François Hollande había sido el candidato “moderado” durante las últimas primarias de tal partido. Su “moderación” había sido la causa de la aprobación y simpatía por parte del establishment mediático en Francia hacia su candidatura, un establishment temeroso de cualquier contagio radical del PSF por parte de las corrientes de izquierda de aquel partido y de fuera de él. Un elemento atractivo del candidato Hollande para tal establishment mediático había sido su abandono de políticas redistributivas. La redistribución no era un concepto con el cual tal político se hubiera encontrado cómodo. Hollande representaba con esta actitud un comportamiento bastante generalizado en gran número de partidos socialdemócratas europeos (ver mi artículo “El abandono de las políticas redistributivas por parte de las izquierdas gobernantes”).

Como parte de este abandono, Hollande había indicado que estaba en contra de elevar sustancialmente los impuestos de los súper ricos, aduciendo los mismos argumentos que han utilizado los políticos conservadores y liberales (en realidad, neoliberales) para rechazar tales políticas fiscales. Hace sólo un año, Hollande afirmó, como ha indicado recientemente el ‘Financial Times’ (28.02.12), que estaba en contra de tales medidas “confiscatorias” (el término que utilizó), pues lo único que tales políticas conseguirían sería que los súper ricos se desplazaran a otros países, argumento que el lector habrá leído miles de veces en los medios (muy influenciados por los ricos). Hollande afirmó que quería que los súper ricos pagaran impuestos en Francia y sólo lo conseguiría evitando impuestos confiscatorios.

Pero, mira por donde, durante la campaña electoral Hollande ha cambiado de posición, e informa a todo el mundo, incluidas las clases populares, que gravará los ingresos de más de un millón de euros, con un 75% de tasa marginal. Ni que decir tiene que los súper ricos han puesto el grito en el cielo, como documenta muy bien el artículo de Hugh Carnegy en el ‘Financial Times’ (28.02.12) que he citado en el párrafo anterior. Este grito ha sido apoyado por el candidato conservador-neoliberal, Sarkozy, el cual ha subrayado que tal política fiscal afectaría negativamente al nuevo ídolo cinematográfico francés Jean Dujardin, reciente ganador del Oscar al mejor actor, insinuando que Francia perdería tal tipo de personalidades carismáticas de la cultura francesa si tales políticas fiscales “confiscatorias” tuvieran lugar, ahuyentando el talento y a los súper ricos de Francia. Parece que tal argumento no está teniendo ningún impacto en la población francesa. Según Carnegy, nada menos que entre el 61% y el 65% de franceses aprueban tal medida fiscal, supuestamente “confiscatoria”, lo cual explica que el candidato Hollande lo esté pidiendo ahora, en periodo electoral. Ahora bien, el problema que tiene Hollande es que la población francesa tiene memoria (y la campaña Sarkozy se lo recuerda citando las declaraciones de Hollande en contra de las medidas que ahora apoya). De ahí su grave problema de credibilidad. Ahí está el problema del Partido Socialista Francés y de gran número de los partidos socialdemócratas europeos. El cambio en los partidos socialdemócratas no debe ser sólo de valores y programas, sino también de equipos y personas. Hollande es un personaje político muy vulnerable, pues hoy apoya medidas a las que ayer se opuso.

Esta observación no tiene por qué desmerecer las medidas que ahora apoya. En realidad, éstas significarían, en caso de aplicarse, un cambio muy sustancial de las políticas públicas existentes hoy en Francia y en la mayoría de los países de la Unión Europea. Por primera vez, un dirigente político, con posibilidades reales de salir elegido presidente de un país, propone cambiar las políticas neoliberales de austeridad que dominan hoy en la Unión Europea, poniendo en su lugar políticas de estímulo económico y creación de empleo. Hollande ha cuestionado el Tratado de Estabilidad, Coordinación y Gobierno (TSCG), impuesto por el binomio Merkel-Sarkozy, que está desmontando el Estado del Bienestar en los países de la Unión Europea, forzando recortes de gran magnitud en el gasto público, incluyendo gasto público social.

El objetivo central de la banca, dirigida por el BCE y por el binomio Merkel-Sarkozy, es desmantelar la protección social y debilitar al mundo del trabajo, incluso a costa de crear otra Gran Recesión (las políticas del Gobierno Rajoy están también claramente en este sentido). La llamada “crisis de la deuda pública” (una crisis artificial, creada en parte por la banca y el BCE) cuenta a su servicio con las agencias de valoración de bonos, que juegan un papel determinante en la creación de tal crisis. No es mera casualidad que François Fillon, primer ministro del Gobierno Sarkozy, utilizara como máximo indicador de “la falta de rigor” de las propuestas del candidato Hollande, el hecho de que cualquiera de estas agencias de evaluación de bonos les daría un suspenso mayúsculo (Le Journal Dimanche, 15.01.12). El señor Fillon, por cierto, ha sido uno de los oponentes a establecer agencias de valoración públicas europeas que valoraran objetivamente y rigurosamente los bonos públicos de los Estados de la Unión Europea. La falta de credibilidad de las agencias privadas está bien mostrada, incluso por dirigentes de tales agencias, tales como el vicepresidente de Moody’s, que tras dejar la agencia admitió, frente a la comisión del Congreso de EEUU encargada de analizar las causas de la crisis financiera, que los trabajos de tales agencias están orientadas primordialmente a satisfacer los intereses de sus clientes, en lugar de realizar análisis objetivos de la valía de tales bonos. Más claro es imposible decirlo. Y estas agencias, que son utilizadas por el BCE como su indicador de calidad de los productos financieros, son las que están creando el problema artificial de la deuda pública.

LA IMPORTANCIA DE LA VICTORIA DE HOLLANDE

Es importantísimo para la Unión Europea que el binomio Merkel-Sarkozy deje de dominar tal comunidad. La derrota de Sarkozy podría ser un paso en esta dirección, aunque es frustrante que la socialdemocracia alemana esté todavía estancada en el pensamiento neoliberal heredado del Gobierno Schröder, que el Gobierno Zapatero intentó imitar. Ni que decir tiene que existen distintas opciones dentro del Partido Socialdemócrata alemán. Pero el que probablemente sería el sucesor de Merkel, Peer Steinbrück, en caso de que ganara tal partido, ha ridiculizado las propuestas de Hollande, acusándole de “ingenuo”, añadiendo que es más que probable que cambiaría una vez elegido, lo cual, por cierto, no es nada descartable. Serge Halimi, director de ‘Le Monde Diplomatique’, en un artículo titulado “Sacking Sarkozy won’t be enough” en la revista de izquierdas de EEUU ‘Counterpunch’ (03.04.12), señala como Lionel Jospin, que como candidato había criticado el Pacto de Estabilidad (como ahora Hollande critica el TSCG), acabó aceptándolo tras meros cambios estéticos (añadiendo la palabra crecimiento después de estabilidad, sin proveer los instrumentos para poder estimular la economía). La imagen de Hollande, apoyando ahora medidas que ayer criticó, subraya la vulnerabilidad de su credibilidad. El punto clave, sin embargo, no es tanto lo que ahora Hollande (y otros dirigentes de la socialdemocracia) prometen, aunque es positivo que lo prometan, sino lo que harán cuando salgan elegidos presidentes. Dirigentes de todos los partidos (y los partidos socialdemócratas entre ellos) prometen medidas populares que, frecuentemente, luego no llevan a cabo. Que lo realicen o no, dependerá, no de su palabra, promesa, o programa electoral, sino de dos factores. Uno es la fuerza de los partidos a su izquierda. Sin que estos partidos tengan suficiente poder en Francia para influenciar al PSF, el gobierno Hollande no lo hará. Y el segundo factor, incluso más importante que el primero, es la movilización y presión popular por parte de los movimientos sociales y del movimiento sindical. Sin que ello ocurra, el “talante” moderado del señor Hollande predominará si gana las elecciones, por mucho que haya prometido lo contrario.

¿CAMBIOS EN LA SOCIALDEMOCRACIA ESPAÑOLA?

Una situación todavía más acentuada de vulnerabilidad de su credibilidad es el caso Rubalcaba en el PSOE. ¿Cómo puede hacer propuestas de cambio cuando él, secretario general del partido socialdemócrata, el PSOE, fue el segundo de a bordo del Gobierno Zapatero hasta hace sólo unos meses? Las medidas tomadas por el Gobierno Zapatero en respuesta a la crisis fueron enormemente impopulares y causaron la mayor derrota electoral que el PSOE haya sufrido desde el establecimiento de la democracia en España. Y el Gobierno Zapatero tenía como la persona más poderosa, después del propio Zapatero, a Rubalcaba, que siempre defendió tales medidas. La falta de recambio en la dirección de tal partido le ha hecho un flaco favor al mismo, pues el Gobierno Rajoy puede responderle, como hace responde constantemente, “¿por qué no hizo usted estas políticas públicas que ahora recomienda cuando usted gobernaba?”. Esta vulnerabilidad la utiliza efectivamente el Partido Popular en casi cada ocasión que recibe críticas de Rubalcaba.

La clara necesidad de un cambio dentro de la socialdemocracia en España y en Europa ha originado una serie de respuestas que advierten del supuesto peligro que la socialdemocracia mire a su pasado e intente recuperar sus “esencias”, término peyorativo que se utiliza para definir las políticas públicas de carácter redistributivo que se han basado en un intervencionismo público acentuado. Así, Soledad Gallego Díaz, en un artículo titulado “¿Hay futuro para la social democracia?” en ‘El País’ (25.03.12), desanima a la socialdemocracia a recuperar sus principios, tales como su énfasis en políticas redistributivas, concluyendo que el renacimiento de la socialdemocracia no puede basarse en el abandono de la Tercera Vía o la Neue Mitte de Gerhard Schröder (que sí que abandonaron tales políticas). Un tanto semejante ocurre en el artículo de José María Maravall titulado “los deberes actuales” (27.03.12), donde tal autor, que en su día fue ministro del Gobierno de Felipe González, aplaude también a Tony Blair y Gerhard Schröder por haberse distanciado de lo que llama despectivamente las “esencias” de la socialdemocracia, lo cual les llevó a una larga estancia en el Gobierno, que Maravall atribuye a la popularidad de sus medidas.

Tales expresiones de admiración responden a un gran desconocimiento sobre la inexistente supuesta popularidad de tales Gobiernos. Como varios autores han documentado, el Partido Laborista liderado por Blair fue perdiendo apoyo electoral a partir de su primer mandato, cuando abandonó lo que Soledad Gallego Díaz y José María Maravall llaman despectivamente las “esencias” socialdemócratas. Tal partido había conseguido el 33% del electorado en 1997, la primera vez que fue elegido. En 2001, bajó ya al 25%, más tarde, en 2005 al 22% y en 2010 ya colapsó al 19%. La larga permanencia del Gobierno Blair tuvo poco que ver con la popularidad de sus políticas (en realidad, muy poco populares), y mucho con el sistema bipartidista de Gran Bretaña y la enorme crisis del Partido Conservador. Si Gran Bretaña hubiera tenido un sistema proporcional, el Partido Laborista no podría haber continuado gobernando por tanto tiempo. Un tanto semejante ocurrió con el Partido Socialdemócrata alemán, bajo el liderazgo de Schröder. Éste había conseguido alcanzar el 34% del electorado en 1998, para bajar al 30% en 2002, al 27% en 2005 y al 16% en 2010. Además, perdió casi la mitad de sus miembros. En realidad, la enorme crisis de los partidos socialdemócratas se basa en su abandono de los principios socialdemócratas entre los cuales la redistribución sustancial de los recursos fue uno de sus principios básicos.

Maravall asume, erróneamente, que el abandono del compromiso redistributivo de los Gobiernos socialdemócratas (diluido con el paso del tiempo) se debe a su compromiso con el principio de universalidad, es decir, con su compromiso con la expansión de los derechos de la ciudadanía o universalización de los derechos. No hay contradicción, sin embargo, entre universalidad y redistribución. En realidad, el primero requiere lo segundo. No puede garantizarse el acceso universal a los servicios públicos del Estado del Bienestar sin medidas redistributivas. La universalización de los derechos sociales, garantizando que todo ciudadano tenga igual acceso a la sanidad, por ejemplo, requiere una redistribución de los recursos. No es por casualidad que los países más desiguales, como EEUU, sean también los que tienen menos universalidad en su acceso a los derechos sociales. El principio básico (que el término “esencia” intenta ridiculizar) de que “cada uno reciba los servicios y recursos según su necesidad –basado en el principio de que cada uno tenga acceso a poder resolver su necesidad-, y ‘de cada uno según su capacidad’ (y los recursos que tenga)”, era tan válido cuando se estableció el socialismo en democracia –la socialdemocracia- como lo es ahora.

Algo parecido ocurre con los derechos políticos. En los países que se consideran democráticos, la universalidad de los derechos políticos está claramente mermada por la existencia de grandes desigualdades. EEUU es un ejemplo de ello. Las enormes concentraciones de la riqueza y su dominio del proceso político violan el proceso democrático.

Basado en estos datos, que son robustos e incuestionables, aconsejaría a aquellos partidos que “recuperaran sus esencias”, abandonadas desde hace tiempo, causando su enorme crisis. Renovar los planteamientos, necesarios para adaptarlos a los tiempos que vivimos, no puede hacerse a base de abandonar lo que la socialdemocracia fue y debería continuar siendo. Es relativamente fácil ver por qué la socialdemocracia está en profunda crisis, como también es relativamente fácil ver qué es lo que debería haber hecho cuando gobernaba y no se hizo. El abandono de sus esencias y su adaptación al neoliberalismo creó una enorme concentración de poder financiero y económico que ha dominado la vida política y mediática de los países, incluyendo España. Es imposible recuperar la democracia sin eliminar tal concentración de poder económico, financiero y mediático existente hoy en España. La realidad de este hecho es evidente. Lo que ocurre es que la socialdemocracia no se atreve a enfrentarse con los poderes fácticos, pues actualmente existe un maridaje entre sus profesionales del poder y estos grupos. Pero esto es materia para otro artículo.