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OPINION

El exjefe de Urgencias del Severo Ochoa de Leganés dio una charla sobre los derechos al final de la vida en Avilés.

El exjefe de Urgencias del Severo Ochoa de Leganés dio una charla sobre los derechos al final de la vida en Avilés.

«La libertad en el final de la vida tiene que ser un derecho universal»

11.06.11 - A. PALACIO | AVILÉS, en El Comercio.

Foto: Luis Montes Médico y presidente de DMD.

El doctor Luis Montes, ahora presidente de la asociación Derecho a Morir Dignamente (DMD), y el jefe del servicio de Urgencias del hospital Severo Ochoa de Leganés denunciado por mala praxis durante el 'caso Lamela' -más tarde declarado inocente por la Justicia-, participó ayer en un coloquio sobre los derechos al final de la vida, organizado por IU en la Casa de Cultura. Montes aseguró que «una ley de muerte digna que está despenalizada, es de buenas prácticas y necesaria, debe ser transversal y admitida como tal, aunque tendría mis dudas de que se pusiese en práctica con un gobierno de derechas una ley que cambie el ordenamiento jurídico y el código penal que penaliza el homicidio compasivo».

-¿Qué le parece la aprobación del proyecto de ley de Muerte Digna?

-La ciudadanía tiene claro que la muerte, que es inevitable, debe ser breve, sencilla, confortable y que no hiera la sensibilidad de nuestros familiares y amigos. Una agonía dilatada en el tiempo no la comparte ni un 1% de la sociedad. En un caso como el de Ramón Sampedro, que exige una ayuda para morir, no puede estar penalizada esa colaboración. Es un derecho disponer de nuestra propia vida porque es nuestra, no es del Estado de derecho ni de una sacralidad de la vida de un ser superior. Tenemos el derecho, en esas condiciones de intenso sufrimiento, de disponer de ella.

-¿Cuál es el papel del médico?

-La Ley de Autonomía del 2002 lleva unos derechos de ciudadanía que los médicos no van a desarrollar. Yo llevo mucho tiempo trabajando como médico y lo hago mucho mejor en el paternalismo. Ahora implica que los derechos de ciudadanía van a ser conculcados, cuando el ciudadano es el único que los puede reivindicar. El cambio no puede venir desde el vértice, tiene que venir de los ciudadanos.

-¿Hay problemas con los familiares de los pacientes?

-Si los ciudadanos no desarrollamos los instrumentos que tenemos a nuestro alcance, lo que es conocido como el testamento vital, y no dejamos dicho lo que queremos, serán nuestros familiares los que van a decidir los procesos. Pero en la familia, al igual que la sociedad, existe un pluralismo y llegar a una unidad de criterios es difícil si no has dejado todo por escrito.

-¿Qué se aconseja desde la asociación que preside para evitar este tipo de conflictos?

-Intentamos conseguir que se dejen los testamentos vitales y que se nos respete en nuestro estado final de la vida. También qué tratamientos aconsejamos y pedimos que se nos practiquen y ejecuten. Hablamos del testamento vital porque hay poca pedagogía al respecto, la mayoría de la ciudadanía no sabe ni dónde se puede hacer. Nuestra asociación, además de otras labores, exige que se cambie el ordenamiento jurídico y el código penal porque los ciudadanos somos propietarios de nuestro derecho a la vida y si decidimos apearnos, dimitir o abandonarla cuando deseemos, queremos que se pueda cumplir nuestro deseo.

-Desde hace años anima a las familias a denunciar los casos de agonía prolongada.

-Sí, pero el problema es superar el miedo y la valentía a seguir el proceso porque la justicia es lenta y después del duelo es un tema complicado. Aunque es algo bonito de defender y desarrollar, porque si no tenemos este derecho vamos a seguir muriendo muy mal, cuando la libertad en el final de la vida tiene que ser un derecho universal.

-¿Cómo recuerda todo el proceso del 'caso Lamela'?

-Personalmente creo que fue un hecho tan infame que me cabe la satisfacción de haber abierto el proceso sobre la muerte digna en este país.

Vigil reclama «sacrificios» para «salvar» la sanidad pública

Vigil reclama «sacrificios» para «salvar» la sanidad pública

El ex-presidente del Principado reflexiona ante el sindicato de Pensionistas de UGT sobre los retos de la atención sanitaria

Foto: Juan Luis Rodríguez Vigil durante su conferencia de ayer. :: MARIETA

El Comercio. 08.06.11 - 03:15 - FERNANDO DEL BUSTO | AVILÉS.

«Es necesario crear un órgano nacional que coordine la sanidad en España»

«Los sindicatos deben asumir que un hospital no se gestione como una oficina»

Afrontar sacrificios y reformas para mantener el sistema nacional de salud en unos márgenes de calidad similares a los actuales o verse abocados a un sistema dualista, con un seguro privado para las clases medias, con entrada ocasional en recursos públicos, y un sistema público de peor calidad para los menos pudientes. Es el panorama que ayer trazó el ex-presidente del Principado, Juan Luis Rodríguez Vigil, en la conferencia impartida ante el sindicato de Pensionistas, Jubilados y Prejubilados de UGT que reunió a cerca de 300 personas en la Casa Municipal de Cultura de Avilés con motivo de su ejecutiva nacional que hoy se celebra en la ciudad.

El ponente defendió la calidad del sistema nacional de salud español, si bien lamentó que no fuese «homogénea en toda España. Los niveles de satisfacción de los usuarios son diferentes». Vigil matizó que «tenemos un sistema razonablemente bueno para lo que nos cuesta. Hoy en día, el mejor de Europa es el holandés seguido de Francia. El nuestro es comparable al Reino Unido o Canadá».

En su ponencia, alertó sobre diferentes problemas que ponían en riesgo la pervivencia del sistema público, si bien alertó que el peligro «no es la privatización, sino la degradación, como sucede en Madrid, que provoca que las clases medidas y las más pudientes contraten seguros privados, mientras que el sistema público queda como un recurso de menor calidad».

Entre los riesgos citó la desmembración de un sistema nacional en 17 sistemas diferentes, entre los que no circula la información y donde las diferentes carreras profesionales han provocado que «los costes laborales se incrementen entre el 40 y el 46%».

No menos importante es la pérdida de ingresos. En este sentido, se mostró escéptico sobre propuestas como la de Foro Asturias de reducir los impuestos. «Hay que ser un mago de las finanzas para mantener la sanidad con menos impuestos», afirmó.

La crisis económica termina por complicar el futuro de una sanidad afectada por el envejecimiento de la población, el incremento de los costes, el déficit de profesionalización en su gestión o métodos de gobierno «propios para una oficina, no para un hospital», afirmó Vigil.

En ese contexto es donde Vigil planteó la necesidad de introducir los «sacrificios». En su intervención no habló de recortes en las prestaciones asistenciales, sino en cambios en la organización. El primero, y más importante, la creación de un organismo nacional que homogeneizase la asistencia en toda España, unificase la carrera profesional y también gestiones ante las grandes empresas.

El segundo paquete de los sacrificios iría en el campo de la organización interna, donde los sindicatos, advirtió, deben asumir el reto de «modernizar el sistema y que los hospitales no se gestionen como oficinas. No defiendo privatizar hospitales, sí gestionarlos bien», aseguró.

Por último, también defendió retomar impuestos «en toda España» como el de Sucesiones o el de Patrimonios. Reconoció que su orientación principal debería ser «hacia las grandes fortunas, corrigiendo defectos que había en la legislación previa».

El alegato contra la indiferencia: ¡indignaos!…

El alegato contra la indiferencia: ¡indignaos!…

Hessel: “La indignación debe ir seguida de compromiso”

Jesús Ruiz MantillaEl País.

Sobre la mesa de su salón parisiense, Stéphane Hessel guarda un ejemplar de EL PAÍS en el que aparece una foto con jóvenes españoles indignados. Pertenece a los primeros días de la convocatoria de una ola de manifestaciones bajo el título de su libro, que va camino de vender 400.000 ejemplares en España y que ha alcanzado los dos millones en Francia.

Este chaval de 93 años apareció en el momento justo, con la palabra justa. Su único mérito ha sido recapitular. Colocar en alza valores que hoy están amenazados y que han costado años y décadas de lucha y sacrificio. Libertad, igualdad, justicia, legalidad, compromiso, derechos humanos. Palabras labradas a base de sangre y fuego, en su caso no con demagogia barata. Porque Hessel tiene sus razones para indignarse cuando vislumbra la amenaza de verlas desaparecer. No es un charlatán, ni un panfletario, aunque reivindique el género en el que Marx y Engels redactaron el Manifiesto comunista -él no comulga con ello- o Zola lanzara su Yo acuso sobre el caso Dreyfus.

Nacido en Berlín en 1917, se convirtió en francés después de que sus padres huyeran de la amenaza nazi y se instalaran en París. Se enroló en la Resistencia, fue condenado a muerte y torturado por la Gestapo, pasó temporadas en varios campos de concentración y fue testigo de excepción en la histórica redacción de la Declaración de Derechos Humanos. Una vida y una altura moral más que suficientes para sacudir conciencias a nivel global. Un héroe civil, un agitador pacífico y con las ideas claras.

Miles de personas manifestándose en España al grito de “¡Indignaos!”. Estará satisfecho. Su mensaje ha calado.

Ya lo he visto. Me alegro. Cuando empezamos con la idea de este pequeño libro teníamos a Francia en la cabeza. Ocurrió que en pocas semanas se produjeron varios acontecimientos. La popularidad de Sarkozy se fue hundiendo, lo mismo ocurrió en Italia con Berlusconi, e incluso en España con Zapatero, y en Portugal con Sócrates. Antes de que se produjeran las revueltas del norte de África, la idea de que los Gobiernos de varias partes del mundo rozaban comportamientos que provocaban la indignación de la gente era algo que raramente habíamos visto.

Y le dio por escribir este discurso y convertirlo en libro.

No es un trabajo literario, en absoluto. Queríamos lanzar algo corto y estimulante. Puede que hasta tenga faltas de sintaxis. La editora se sentó justo donde está usted ahora, yo empecé a hablar, lo redactó, me lo dio, lo corregimos y lo lanzamos.

Como una entrevista. Una pena para mí, podía haberme tocado, ya que estamos.

Exactamente, así ocurrió. Lo digo porque surgió de manera natural, como una conversación. Y una vez en la calle corrió como la pólvora.

Es que hay mucha gente esperando un discurso que aglutine ciertos sentimientos. La palabra justa, la expresión que todos tienen en la cabeza. Esa indignación.

Lo he podido comprobar, efectivamente. Pero el libro está basado en dos textos: el programa de la Resistencia, no muy bueno, pero escrito en el momento y en el lugar justos; cuando los franceses se sentían acorralados por un enemigo como los nazis. El otro es la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

De la que usted fue testigo de excepción.

Estuve allí cuando se redactó. Yo era demasiado joven para formar parte de ese grupo de 12 sabios, pero fui asistente. Les ayudé a organizar las reuniones, a redactar las actas. Los que estaban allí eran figuras de primer nivel en la esfera de la política y el derecho como la viuda del presidente Roosevelt, Eleanor. Se encontraban en Nueva York y en Ginebra y yo me encargaba de prepararles los papeles y asegurarme de que hacían el trabajo.

¿Vigilándoles?

Como secretario. Yo era un joven diplomático, carecía de autoridad, pero me sobraba curiosidad. Tenía motivaciones muy profundas para que el trabajo saliera de la mejor manera. El hecho de haber acabado la guerra en tres campos de concentración era suficiente impulso para mí.

Estuvo usted en Buchenwald.

Allí conocí a Jorge Semprún. Un gran amigo; guardo una anécdota de él importante. Cuando llegó al campo y le preguntaron a qué se dedicaba respondió: estudiante. “Si pongo eso”, dijo el que tomaba el registro, “le matarán inmediatamente, voy a dejar las primeras letras y lo voy a transformar en estucador. Así, por lo menos, le asignarán trabajos manuales”. Era lo único que buscaban. Pero volvamos a ¡Indignaos!

Me gustaría que contara el significado que para usted lleva ese término. Es una palabra que utiliza con un sentido positivo. Apela a aquellos que la sienten para contagiársela a quienes no la llevan dentro.

Contiene su lado positivo, pero también sus partes oscuras.

Y si es así, ¿cómo cree que se puede contagiar su parte de luz?

Le confieso que el título fue propuesto por la editora, Sylvie Crossman. Pero lo acepté inmediatamente.

¿Con su llamada imperativa?

Sí, señor, y con su signo de exclamación. Es fuerte. Mucho más de lo que yo hubiera propuesto, porque no me considero un revolucionario, soy diplomático que cree en la no violencia. Busco poner a la gente de acuerdo, más que enfrentarla.

Eso es bastante radical para los tiempos que corren. Estamos rodeados de políticos que nos llevan a la guerra. ¿El diálogo es hoy revolucionario?

Puede ser. Pero si nos atenemos a los significados, le diré que lo que más me convence de la palabra es que contiene otro término fundamental: dignidad. Por eso lo acepté. Cuando la dignidad se pone en cuestión es necesario reaccionar. La indignación viene del pisoteo de la dignidad que cada ser humano lleva consigo. Por eso siempre me remito a la Declaración de Derechos Humanos. En su artículo primero ya dice: Todos los seres humanos somos iguales en dignidad y en derechos.

Y ahora viene a apelar al compromiso.

El nuevo libro se titula precisamente Comprometeos. Es el paso moral siguiente a la indignación. Nadie puede molestarse por que el prójimo se comprometa con algo. Puede molestarse si se rebela, si se remonta impulsivamente, eso es hacer el caldo a otros como Marine Le Pen [líder de la ultraderecha en Francia]. Lo que ella proclama es eso, pero yo apoyo la indignación en el sentido contrario. La que me sacude cuando los derechos básicos son atacados, perseguidos. Enfadarse y ya, para mí no tiene sentido. La ira no conduce a ninguna parte, debe ir seguida de compromiso.

Difícil.

No propongo a la gente que se enfade sin más, sino que se pregunte cuáles son las razones que ponen en peligro esos valores fundamentales que hemos heredado y que ahora tiemblan. No es fácil, no.

Sobre todo, aclararnos en toda esta confusión. Un caldo de cultivo para diferentes indignaciones, para diferentes intereses.

Al leer el libro quedan claros los valores, los peligros y los retos.

Son tres o cuatro. Empezando por los de la Revolución Francesa.

Por algunos de ellos. Otros, insisto, la Declaración Universal de Derechos Humanos.

¿Los ve en la picota?

Bastante, pero no olvidemos que en el tiempo en que fue redactada aquella declaración, el mundo todavía estaba amenazado por algunos totalitarismos. El fascismo había sido derrotado. Pero el comunismo pervivía. Luego se ha ido imponiendo otra ideología perversa basada en el mercado y nada más que en el mercado. Hoy, usted y yo, sufrimos sus consecuencias, las de un grupo privilegiado que busca sus beneficios a nuestras expensas. ¿Qué proponer como alternativa? La democracia real.

Bonita palabra.

Confiar en depositar cada vez más poder en la gente común para que sus necesidades sean la prioridad a resolver por los Gobiernos, el primer deber. Los Gobiernos deben asegurar libertad, hermandad, igualdad y justicia social.

Y progreso. Otro concepto en crisis. Lo confundimos con progreso técnico, científico, pero no con bienestar.

Absolutamente. Es algo muy sencillo, progresar significa tender a la mejoría. La palabra mejor es importante. ¿Cuál es la diferencia entre el bien y el mal? ¿Es mejor ganar dinero a cualquier precio o preservar la decencia y el honor? ¿Es mejor entrar en la espiral de un progreso científico a toda costa o guardarnos de descubrimientos que superen la dignidad del ser humano? Progreso no significa acelerarse, sino ser consciente de cuáles son los valores que ayudan a crear un mundo mejor y cuáles no. La democracia es exigente en sí. Demanda más a los políticos y logra tejer un sistema del que es difícil salir bien parado si actúas mal.

Volvamos a los claroscuros de la palabra indignación. Hubo un tiempo en que aquel sentimiento le llevó a un camino violento. ¿Qué sentía dentro, en sus tripas?

No soy un tipo violento. Puedo entender qué lleva a la gente a la violencia. Pero a mí no me convence. Mi primera indignación tenía un nombre: los nazis. El fascismo de Franco y Mussolini, incluso Stalin, de quien ya tuvimos noticias de sus purgas en 1935. El totalitarismo. Además, teníamos el ejemplo de los republicanos españoles como contraposición a los comunistas más cerrados. Yo siempre me consideré demócrata, y cuando este sistema estaba en peligro me indignaba. Pero incluso dudé. Los estragos de la I Guerra Mundial nos hacían pensar a muchos que había que agotar todas las vías antes de entrar en otro conflicto. Negociar y dar la palabra a la gente de los diferentes países. Solo cuando vi claro que esta gente lo único que quería hacer era conquistar Europa con métodos violentos me convencí de que había que enfrentarse a ellos por las armas.

Pero esa indignación, físicamente, ¿era equiparable a la que siente ahora?

No, entonces era joven y con ganas de luchar. Cuando llegó la hora, cuando vi que era necesario levantarme y enfrentarme a ellos, me invadió un deseo de lucha. Me enrolé en el ejército sin dudarlo. Y cuando se firmó el armisticio con los alemanes me volví a indignar. Sentí que era una deshonra y una deslealtad con los británicos. Me opuse; era inaceptable. ¿Qué podía hacer? ¿Luchar en Francia? ¿Unirme fuera a De Gaulle? Eso es lo que hice.

Y tuvo una relación intensa con él, han contado algunos.

No. Yo era muy joven y un oficial de bajo rango. Pero tuve el privilegio al llegar a Londres de cenar con él en la intimidad. Me convocó. Quería saber qué pensaba de él un joven estudiante de la Escuela Normal Superior, muy prestigiosa entonces en Francia. Deseaba conocer lo que opinábamos de él los estudiantes de ese nivel.

Por lo menos, y gracias a la fortuna, también De Gaulle se indignó. Cosa que no ocurría entre una enorme parte de los franceses. Aquello fue tan extraño en un país que había levantado las banderas de la democracia en todo el mundo… ¿Qué ocurrió?

Francia había sido tremendamente golpeada. Lo que había ocurrido entre mayo y junio de 1940 es algo muy raro en la historia. No solo fue una victoria militar. Fue una enorme derrota, humillante, en la que la gente tuvo que huir de sus casas hacia lugares insospechados. A muchos, el armisticio les supuso un respiro. La paz era tentadora para mucha gente, pero aquello no era paz.

¿Era una humillación?

Además, había otros factores. La amenaza de los soviéticos aterrorizaba a la burguesía, mientras que los fascismos no tanto, creían que no atentaban tanto a su modo de vida. Además, los nazis garantizaban el freno a los comunistas más que nadie.

Luego, en su caso particular vino otra nueva indignación.

¡La Gestapo!

Ahí sufrió en sus propias carnes el peligro. ¿Cómo fue su detención?

En el momento en que me arrestaron estaba seguro de que no sobreviviría. Me detuvieron bajo cargos de delitos criminales graves. Sabían que había llegado de Londres para reforzar la Resistencia.

Incluso, que usted era judío.

Eso no lo sabían. Me conocían poco. Si se hubiesen enterado de que mi padre era un judío emigrado de Berlín, me habrían tratado de otra forma. Pero lo hicieron como a un espía de nivel. Y, ¿qué haces con un espía? Obviamente, sacarle información.

¿Bajo torturas?

Efectivamente. En la bañera, ahogándome. Pero no consiguieron que delatara a nadie, y eso fue una satisfacción para mí. Después me condenaron a muerte. Afortunadamente, la justicia era lenta y me internaron en Buchenwald y la orden de ahorcarme llegó muy tarde. Ya entonces pude cambiar mi identidad con alguien que había fallecido sin que se dieran cuenta. Era una persona que no estaba condenada a muerte. Así me libré.

Me imagino que en aquellos días la indignación se había convertido en terror.

No exactamente. Se transformó en algo que solo un joven patriota puede sentir. Ese convencimiento henchido en el que crees que has cumplido con tu deber y te has sacrificado por tu país.

¡Un héroe!

[Risas] Le cuento algo Cuando me detuvieron cogí un trozo de papel y escribí un soneto de Shakespeare que sabía de memoria: “No longer morn for me when I am dead…”. Como diciendo, si me fusilan mañana, que mi esposa sepa que no quiero luto, sino que sea feliz. Ridículo, esto siempre resulta ridículo.

Es una manera noble de enfrentarse a la muerte.

La vida está llena de ironías.

Si le hubieran dicho entonces que cumpliría 93 años…

¡Y tanto! Mi siguiente indignación llegó en los campos de concentración. Yo sabía que la guerra era violenta. Pero lo que nunca pude sospechar es el grado de brutalidad al que podíamos llegar los seres humanos.

Pasó de sentirse un héroe a otro estado: el de víctima.

No solo una víctima individual, sino parte de una colectividad. Porque yo, personalmente, tuve suerte. Me salvé entre un grupo de 36 condenados a muerte. Yo y dos personas más. Me enviaron a otro campo y me escapé. Cuando lo logré me volvieron a capturar y me internaron en Dora. Allí se debatían entre colgarme o darme 25 latigazos. Pero me libré de ambas cosas porque le dije al oficial que me interrogaba: Estoy seguro de que usted, que es valiente, como yo, habría intentado escapar. Lo hice, pero fallé, con lo que no les puedo causar daño. Todo eso se lo expliqué en alemán, que es mi idioma materno. Si no hubiese hablado su lengua, seguramente nadie me habría librado del castigo.

En su vida han existido también momentos de alegría. Como el de la Declaración de Derechos. Poner de acuerdo en una posición común a países tan distintos como Francia, EE UU, la URSS o Arabia Saudí sería un esfuerzo titánico. ¿Costó?

Lo atestigüé de primera mano. Si no se hubiera conseguido en 1948, las tensiones posteriores lo habrían hecho imposible después. En ese momento histórico, los soviéticos se abstuvieron, Arabia, también, y así permitieron su aprobación. Fue el momento. Un texto ambicioso para la historia de la humanidad.

Supongo que en aquellos momentos su indignación dio paso a la esperanza.

Pues sí. Ese momento fue de auténtica, de verdadera y gran esperanza en el entendimiento de las naciones tras la guerra. Estábamos convencidos de que aquel texto encarrilaría a buena parte del mundo en el camino de la libertad y la justicia. Pero aquello duró poco, porque después llegó otro sentimiento: la ansiedad que producía el peligro de una tercera guerra, que no sería como las otras, sino que traería consigo la catástrofe nuclear. El mundo había conocido dos horrores: el Holocausto e Hiroshima, y eso nos producía un enorme temor. Era un mundo complicado e inseguro. Sentíamos que si la ONU no conseguía éxitos en sus programas de desarrollo y respeto a los derechos humanos, todo se iría derrumbando.

¿Le queda algo del optimismo de entonces?

Todavía creo que existen pequeños y lentos pasos adelante y que continuarán, con retrocesos y avances. La última década del siglo XX fue muy prometedora. Después de la caída del Muro estábamos convencidos de habernos adentrado en una nueva era. En 2000 se llegó a un acuerdo bajo la presidencia de Kofi Annan de los objetivos del milenio. Pero cayeron las Torres Gemelas… Y empezamos el siglo XXI muy mal.

Con la amenaza terrorista, pero también con la ruptura de las reglas internacionales por parte de Bush, Blair y Aznar. ¿Qué supuso aquello para el orden mundial?

Aquello es parte de mi indignación presente. El hecho de que los ciudadanos sean conscientes de que estábamos dando grandes pasos adelante y esos líderes los frenaran en seco y nos colocaran en la dirección equivocada.

¿No fue aquello una especie de paripé de cruzados por la democracia que en realidad representaban una especie de fascismo travestido?

Desde luego. Una de las reglas básicas a respetar en ese nuevo orden mundial que empezaba a configurarse a finales del siglo XX era el derecho internacional. Romperlo era adentrarse en lo peor.

Contra gobernantes de ignorancia supina, ¿qué se puede hacer?

¡Indignarse! Necesitamos otros gobernantes, y también, compromiso de la sociedad para aupar a los más decentes. No podemos caer en esa desazón de la juventud, ni en pensar que todos los políticos son iguales, porque no es cierto. La rabia y la indiferencia no nos llevan a ninguna parte.

En su vida ha existido otra indignación persistente: Palestina.

De nuevo, la ruptura de las reglas internacionales, la brutalidad impuesta, la situación en Gaza y Cisjordania aúnan todo lo que más he detestado en mi vida. Parecida a la que sentí en los campos de concentración. Siento un gran aprecio por el Estado de Israel, pero cuando su Gobierno se comporta de una manera similar a los peores Gobiernos que yo he tenido que soportar en mi vida, no puedo admitirlo y me rebelo y denuncio esos abusos cometidos por ellos con el permiso de Estados Unidos, la Unión Europea y algunas empresas involucradas en la situación. Es lo mismo que siento respecto a la incapacidad para ponerse de acuerdo sobre el cambio climático. Espero que ahora Obama, tras haber acabado con Bin Laden y ganado popularidad, pueda avanzar en ciertas cosas.

Por cierto, ¿qué opina de ese episodio?

Bueno, yo me alegro de que se haya acabado con él. Era un asesino capaz de cosas espantosas. Sobre todo, de haberle dado al islam una imagen siniestra en el mundo. Y no es así. La gente de los países árabes se ha encargado en pocos meses de hacernos saber que aspiran al sentido común con sus revueltas. Pero, volviendo a Bin Laden, hubiera sido deseable otro método: la detención, un juicio.

¿Dónde queda Europa con esas amenazas de políticas antiinmigración?

Justo ese es el objetivo de mi libro. Concienciar a la gente para afrontar los nuevos retos con valores dignos. No son nuestras ínfimas naciones las que están en peligro, es nuestro mundo, cada vez más amenazado por corrientes como los neocons o quienes no se mentalizan en el trato al medio ambiente. La fe en el compromiso es clave. No estamos condenados al fracaso, pero para evitarlo hay que dar un paso adelante.

La fracasada negociación de la reforma de los convenios…

La fracasada negociación de la reforma de los convenios…

La CEOE vuelve a sus reivindicaciones de siempre

Por Ramón Górriz, Secretario de Acción Sindical de la C.S. de CC.OO.

nuevatribuna.es

Cuando estaba a punto de cerrarse un acuerdo sobre la reforma de la negociación colectiva entre las organizaciones empresariales y los sindicatos, la CEOE rompió el pacto.

Los halcones de las organizaciones empresariales echaron atrás los acuerdos habidos hasta ese momento, acuerdos que tras la reunión entre la CEOE y los sindicatos se iban a trasladar al Ministro de  Trabajo en una reunión ya acordada entre los interlocutores sociales.

Las políticas que han emanado de las instituciones europeas, Pacto del Europlus, reducción de costes laborales, debilitamiento de la negociación colectiva, pérdida de la calidad de los sistemas de protección social y de los servicios públicos, trasladadas tal cual, por el Gobierno del PSOE; la contaminación medioambiental que han supuesto la grave derrotada del partido del gobierno, conscientemente buscada por la gestión realizada en la crisis; las directrices de reforma laboral surgida del plan de rescate de las instituciones de la Unión Europea a aplicar en Portugal; las interferencias de ese club de élite que atiende al rimbombante nombre del Consejo de Competitividad al que el presidente del Gobierno ha dado carta de naturaleza, por encima incluso de la representatividad de las organizaciones empresariales; las declaraciones del Gobernador del Banco de España, que es capaz de poner deberes a los agentes sociales olvidándose de implementar de una vez por todas que fluya el crédito a las pequeñas y medianas empresa y a las familias para generar actividad;  junto a la rebelión interna de algunas organizaciones de la CEOE, que anteponen su concepción de la grave crisis económica que atraviesa el país como la  oportunidad para cercenar los derechos de los trabajadores y trabajadoras, a buscar una salida que evite las cargas que suponen la reducción del déficit entre los sectores más débiles de la población, enmarcan el contexto de la negociación habida.  

En el fondo, la CEOE, rompe el acuerdo, apostando por el patrón de crecimiento que nos ha conducido al agravamiento de la crisis: reducción de salarios, incremento brutal del poder empresarial, ninguna iniciativa que conlleve el cambio de modelo productivo.  

De siempre, desde hace decenas de años, el sindicalismo confederal ha presentado iniciativas y propuestas en pro de la mejora del marco de la negociación colectiva.

La CEOE, una vez más, como ya, ha ocurrido en años anteriores, se desdice de lo firmado en las Declaraciones del Diálogo Social, y en los Acuerdos Interconfederales, los últimos el 9 de febrero de 2010, (Acuerdo por el Empleo y la Negociación Colectiva ), y el ASE (Acuerdo Social y Económico) el 2 de febrero de 2011.

Su concepto del diálogo y de la negociación,  está lejos del equilibrio y más en función de su cuenta de ganancias. Siempre los intentos de  incumplimiento y abandono de lo firmado ha formado parte  de la conducta de CEOE y CEPYME. El seguimiento de la aplicación del AENC y el ASE,  lo confirman.

Los compromisos adquiridos en el ASE, alcanzaban el desarrollo de un proceso de negociación  y suscribir un acuerdo interconfederal en el que incorporar los acuerdos para la reforma de la negociación colectiva.

Ahora, las propuestas sindicales, detallaban los objetivos y criterios esenciales para mejorar la negociación colectiva: estructura y vertebración, legitimación, flexibilidad interna, innovación y adaptación de contenidos, gestión de los convenios, el papel de las sindicatos en las PYMES y los derechos de participación sindical en relación a la organización del trabajo, especialmente para garantizar los derechos de los trabajadores en el empleo y en las condiciones laborales. Y un objetivo fundamental: evitar la judicialización de la negociación colectiva.

La CEOE, impide el acuerdo, y vuelve a sus reivindicaciones de siempre, el empresario semejante al amo, el mejor convenio es el que no existe y los sindicatos representativos y más representativos, cuanto más débiles y más lejos del centro de trabajo, mejor.

Ahora el Gobierno anuncia que decretará y legislará. Opino que el Gobierno haría bien en no entrometerse en este jardín y tener en cuenta la tradición europea, en las relaciones laborales, no vaya a ser que como ya ha ocurrido otras veces,  vuelva a errar. La negociación colectiva   pertenece a la autonomía de las partes, y nunca las reformas unilaterales han cumplido  los objetivos que dicen enunciar.

Por JUAN PASTOR, PROFESOR DE PSICOLOGÍA POLÍTICA Y DEL COMPORTAMIENTO COLECTIVO

Por JUAN PASTOR, PROFESOR DE PSICOLOGÍA POLÍTICA Y DEL COMPORTAMIENTO COLECTIVO

Otra forma de hacer política es posible

El movimiento «Democracia Real Ya»

El movimiento «15M/ Democracia Real Ya» es una re-vuelta que busca dar la vuelta a las cosas, proponiendo que el medio es el fin, justo lo contrario de lo que nos impone el capitalismo instrumental. En efecto, en política el fin nunca puede justificar los medios, sino que, al contrario, son los medios (rechazo de la violencia, respeto al otro, diálogo, voluntad de llegar a acuerdos, transparencia, honestidad, responsabilidad…) los que justifican cualquier fin. En política no todo vale, por eso lo que nos propone este movimiento social es una nueva forma de hacer política, una nueva manera de organizar las cosas. En realidad nada nueva, pues lo que se reivindica es una vieja forma política: la democracia (el arte de organizar entre todos lo que es de todos). Dicen que es un movimiento que no ofrece propuestas alternativas? ¡pero si lo que se está haciendo en las diversas plazas españolas es, precisamente, una forma alternativa de elaborar propuestas y hacer política! El medio es el fin, luego los diversos campamentos son ya la alternativa: estructura horizontal y reticular, auto-organización democrática, funcionamiento asambleario, solidaridad y cooperación? Sol o la Escandalera son ejemplos prácticos de democracia real. Recordemos que la democracia ateniense era una asamblea de individuos libres y autónomos que se reunían en la plaza (ágora) para organizarse a sí mismos; una asamblea en la que todos los ciudadanos tenían los mismos derechos: el derecho a hablar sin ser interrumpido, el derecho a ser escuchado, el derecho a participar tanto en la definición de los problemas de la polis como en las soluciones a éstos?

La diversidad y heterogeneidad de los «indignados» es evidente, pero reconozco que me han sorprendido gratamente los más jóvenes: una generación que ha crecido encerrada en sus habitaciones, entre ordenadores, decide salir a la calle, tomar las plazas y convertirlas en ágoras, diciendo no a esta forma de organizarnos y hacer política y, sobre todo, diciendo no al conformismo y a la resignación; una generación de rebeldes con causa que tienen bastante claro lo que quieren (ser escuchados; democracia participativa; control ciudadano de poderes y mercados; arquitectura económica al servicio de las personas; mantenimiento de las conquistas sociales) y muy claro lo que no quieren (explotación, especulación; corrupción; dominio de la política por corporaciones transnacionales, lobbies y poderes financieros). No sé si cambiarán el mundo, pero estoy convencido de que estos días cambiarán sus vidas. Y no olvidemos que el mundo es como es porque nosotros somos como somos, luego cambiarnos a nosotros mismos ya es una manera de cambiar el mundo. Hacían falta caras nuevas para problemas tan viejos, y es de esperar que muchos jóvenes, sin experiencia pero con ilusión, tomen el relevo de viejos luchadores de los movimientos sociales, con más experiencia ya que ilusión. En todo caso, ha sido emocionante comprobar que no sólo el fútbol y la fiesta (el Barça y el «botellón») son capaces de sacar a los jóvenes a la calle (jóvenes muchísimo más cívicos, por cierto, que borrachos y hooligans).

Para que otro mundo sea posible, otra forma de hacer política es imprescindible. Gracias, chicos, a muchos se nos había olvidado.

En parada técnica, por llamarlo de alguna manera…

En parada técnica, por llamarlo de alguna manera…

Ni OPE, ni cambios en el Reglamento de Contrataciones del SESPA, ni nada de nada porque todos los responsables de la administración están en funciones…

En el mejor de los casos, allá para el mes de noviembre igual se reinician en serio algunas de estas cuestiones con el nuevo gobierno autonómico que salga de la investidura…

Prestar atención estos días a noticias sindicales relacionadas con hipotéticas negociaciones, quejas y otras cuestiones relacionadas con la administración regional y, particularmente, con el SESPA, es ingenuo rayando con lo ridículo.

Ya lo ha dicho Cascos dirigiéndose al actual gobierno regional: “…recuerden que están en funciones”. O sea, no se les ocurra hacer nada de nada porque ya no les toca y si lo hacen aténganse a las consecuencias que, en muchísimos casos de la presente administración, es ni más ni menos que una amenaza de despido fulminante para los muchos mandos intermedios y no tan intermedios que aspiran a continuar en la poltrona, por mor de su capacidad técnica contrastada (esto va con ironía… por si alguno no lo pilla), con el gobierno que salga de la investidura del nuevo Presidente en la Junta General del Principado. Pero si eso reza para unos – que son muchos – para los otros, los que son fieles a sus partidos y se van de todas todas (bastantes menos, por cierto), rige la obligación de cumplir con esa “lealtad institucional” que en momentos de relevo ideológico, como el actual, les obliga a mirar a un futuro en el que pudieran retornar… En definitiva: nadie va a mover un dedo en cuestiones que pudieran molestar a los que aún no han tomado posesión del gobierno pero ya están legitimados por las urnas para ello.

Y los sindicatos, todos, los saben. Lo saben porque esto siempre ha sido así… Que si toman posesión los nuevos, que si 100 días de cortesía, que si el periodo vacacional… Vamos, que hasta finales de año nada de nada, y eso contando con los famosos tres turnos a los que Cascos nos ha dicho que trabajarían los suyos.

Y entonces, sólo entonces, las cosas volverán a su cauce habitual en negociaciones, quejas, demandas, … diálogo con los sindicatos, en un palabra, nuevas relaciones desde el principio.

Por eso flaco favor hacen algunos generando falsas expectativas cortoplacistas entre los trabajadores a sabiendas de que no son reales.

Igual era oportuno, si hubiera capacidad, luces, unidad y sentido común, volver a instar la demanda de que la sanidad debería ser objeto de pactos amplios – tipo pactos de estado aunque sea en el ámbito autonómico entre todos los partidos y los agentes sociales - que la aleje de los característico parones y giros a lo que los avatares electorales la someten. Sólo así habría cierta continuidad y ningún parón. Pero eso es, hoy por hoy, ciencia ficción… ¡¡por desgracia!!.

Entrevista publicada en La Nueva España a JOSÉ ANTONIO MARTÍN PALLÍN, Magistrado emérito del Tribunal Supremo…

Entrevista publicada en La Nueva España a JOSÉ ANTONIO MARTÍN PALLÍN, Magistrado emérito del Tribunal Supremo…

«Garzón probó que la ley de Memoria Histórica no valía para nada y a De la Vega no le gustó»

«Hubo una reacción de desagrado por parte del Gobierno que desembocó en el dictamen del fiscal, pero nunca fue su propósito que la imputación saliese adelante»

Magistrado con más de cuarenta años de carrera, Martín Pallín destapó un capítulo oculto en el proceso abierto contra el juez Baltasar Garzón que no deja de sorprender tres años después de lo que muchos han definido como «una persecución política y judicial» por meter el dedo en la llaga del franquismo.

Según Martín Pallín, a la ex vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega (y a su equipo) no le gustó en su momento que Garzón cuestionase una ley, la de Memoria Histórica, que el Gobierno acababa de aprobar y que se presumía suficiente para honrar el pasado de las víctimas de una dura etapa en la historia de España. «¿Qué se ha creído el juez Garzón?», fueron las palabras de cabreo, con testigos presentes.

Lo que desconocían la ex vicepresidenta y su círculo más próximo es que la situación llegaría hasta este punto, con Garzón apartado de sus funciones fuera de España y a la espera de juicio. «Nunca fue el propósito, pero la reacción de desagrado inicial por parte del Gobierno sí la hubo», explica Pallín.

-¿Por qué reacciona el Gobierno con frases contra Garzón como «se va a enterar» o «quién se cree este juez»?

-Cuando Garzón dicta el auto que pone en cuestión la ley de Memoria Histórica, la entonces vicepresidenta y su círculo muestran su desagrado. Esto puso en marcha una serie de reacciones de desagrado por personas como Margarita Robles, que había sido secretaria de Estado. Y después interviene, por razones del azar, el juez Luciano Varela. Todos ellos fueron cercanos al ministro Belloch, pero quiero precisar que Belloch no tiene nada que ver.

-¿Todo se complica a partir de esa reacción inicial?

-A partir de ahí se pone en marcha el procedimiento. Yo creo que el propio fiscal general del Estado hizo un primer informe que yo he calificado de virulento y lo ratifico. También por parte del fiscal de la Audiencia Nacional, en la misma línea, lo cual no quiere decir que ellos quisieran ver procesado al juez Garzón. Es más, cuando ya el proceso estaba en marcha, coincidí con De la Vega en un acto público y me preguntó qué pasaba en la sala.

-¿Se fue de las manos el tema sin existir mala intención?

-Hay una reacción inmediata de desagrado que desemboca en el dictamen del fiscal, pero ello no quiere decir que todo ese grupo quisiera llegar a la situación actual. Es público y notorio que el propio ministerio fiscal, a raíz de la imputación, ha estado solicitando continuamente el sobreseimiento de la causa.

-¿Se pisaron los poderes Ejecutivo y Judicial?

-Creo que la ley de Memoria Histórica se elabora, participa fundamentalmente la vicepresidenta y los trámites los lleva el actual ministro de Justicia. Incluso yo he intervenido en esas conversaciones. ¿Qué pasó? Las personas de las que hablo pensaron: ya tenemos la ley, ya hemos cumplido con una promesa electoral y, por lo tanto, lo hemos hecho bien políticamente. El auto del juez Garzón demuestra que esa ley no vale para nada.

-¿La ley no llegaba al fondo de la cuestión?

-El auto de Garzón provoca un desagrado, pero el Ejecutivo nunca tuvo la intención de llegar hasta aquí, nunca fue su propósito que la imputación saliese adelante. Simplemente se hubiera conformado con que la Audiencia Nacional dijera que el juez no era competente para ello.

-Asegura que el juez Luciano Varela llegó «por azar»...

-Creo que sí. No tengo datos para pensar que pudo ser de otra manera. En lo que llamamos causas especiales hay un turno marcado y se cumplió.

-¿Hubo una acusación subjetiva?

-La única acusación que hay es la de la Acción Popular, el llamado sindicato cuya procedencia todo el mundo sabe; una rama de Fuerza Nueva, Falange... y a mi juicio eran los únicos legitimados porque ponía en cuestión su gloriosa victoria. El juicio no se ha abierto. Pienso que están esperando a que el Tribunal Constitucional resuelva el recurso sobre si se puede abrir o no el juicio con solo la acusación popular. Es un tema delicado porque este es un instrumento que hay que cuidar; una forma de participación del pueblo en la administración de justicia. Es difícil de recortar, es más, creo que hay que mantenerlo pero fijando cautelas.

-Asegura que todo el mundo está perplejo con este caso.

-Viajo mucho. En todos sitios la gente me transmite su perplejidad ante la situación de un juez que ha intentado esclarecer el tema de la Guerra Civil y de desvelar el caso de los niños robados.

-¿Habrá juicio?

-No lo sé. Si fuera Garzón querría sentarme en el banquillo para defenderme y que el tribunal dijese las razones por las que no aplica el derecho internacional. La actuación del juez no puede ser considerada como una prevaricación.

«Aquí todavía se permite considerar un héroe a Franco»

-El ciudadano percibe que los casos complicados que no gustan a ciertos sectores pueden paralizarse.

-Esa situación puede tenerla el ciudadano, efectivamente. En este caso, siempre he dicho que el procedimiento me parece anormal en todos los sentidos. Hay anormalidades como ayudar a la acusación popular a redactar la acusación, que era insuficiente. Siendo muy importante lo que está en juego. El caso de los niños desaparecidos es muy grave. Lo vemos en Argentina con Videla, que está condenado prácticamente a cadena perpetua por la desaparición de niños en una cantidad infinitamente menor que en España. ¿Que no se investiguen las fosas comunes en un país que acaba de firmar en una convención sobre la desaparición forzada de personas? Cualquier extranjero puede pensar que algo raro está pasando aquí. Este es un país al que todavía se le permite considerar a Francisco Franco como un héroe e incompatible con la democracia.

-¿Cómo definiría a Garzón?

-Es el clásico juez que no rehúye ni un solo caso por muy complicado o muchas aristas que tenga. Aquí en Galicia es muy conocido por sus actuaciones contra el narcotráfico. Algunos dicen que es mal instructor. Pues bueno, es posible que algunas causas como otras muchas de la Audiencia Nacional y otros juzgados fueran anuladas por defectos de forma. No lo sé. Pero el «clan de los Charlines» o los Oubiña terminaron con penas muy importantes. Quiere decir que no fue tan ineficaz.

-¿Se puede ser juez independiente y justo?

-El juez Baltasar Garzón puede mantener una postura firme y valerosa, pese a los ataques de otros letrados con denuncias ante el Consejo del Poder Judicial. Es curioso que la mayor parte de las denuncias son contra jueces que llevan asuntos muy importantes. No sólo contra Garzón. Parece ser que la fórmula para neutralizar un caso de corrupción o narcotráfico es atacar al juez. El juez puede y debe aguantar.

Joaquín Nieto:

Joaquín Nieto:

El director general de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en España sostiene que los derechos fundamentales del trabajo no sólo no son un freno sino que son la base sobre la cual poder hacer una economía sostenible.

Joaquín Nieto defiende que la salida de la crisis a nivel global se tiene que hacer desde la justicia y desde la equidad social.

 nuevatribuna.es

Foto: Joaquín Nieto, director de la Oficina de la OIT en España

"España tiene potencial de despegue para hacer el cambio de modelo productivo".Esta semana arranca en Ginebra la 100ª Conferencia Internacional del Trabajo que se prolongará desde el 1 al 17 de junio cuya principal prioridad seguirá siendo el empleo en el contexto de crisis mundial. Recientemente nombrado director general de la OIT en España subraya en esta entrevista que Los países que tienen una economía más próspera y sólida no son los que tienen una menor protección de los derechos del trabajo.(leer más)