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OPINION

Claves para preservar el sistema sanitario

Claves para preservar el sistema sanitario

Cuando lo que está en juego afecta a la caja, y en ella hay poco dinero, de poco valen los trucos contables

En la tercera de las cuatro entregas que componen su análisis del sistema sanitario regional, Juan Luis Rodríguez-Vigil expone algunas medidas que podrían hacer sostenible la sanidad pública

 

JUAN LUIS RODRÍGUEZ-VIGIL EX PRESIDENTE DEL PRINCIPADO Si aquí y ahora no se pueden imponer copagos, si no se van a cerrar hospitales, y si esta cayendo como cae, en casos a plomo, la recaudación de la mayor parte de los impuestos autonómicos exclusivos, sobre todo actos jurídicos documentados, y sucesiones, (este último por domiciliación en Madrid de las grandes fortunas asturianas desde que Esperanza Aguirre, con el aplauso de Tomás Gómez, ha eliminado tal impuesto), y también la aportación de los tributos estatales participados (IVA, IRPF, e hidrocarburos). ¿Qué es lo que se puede hacer?

 

Aunque se modere el crecimiento de los principales capítulos del gasto sanitario regional, (personal, farmacia, hostelería y tecnología), estos van a seguir creciendo más que el PIB por muchos esfuerzos que se hagan, como la experiencia demuestra. Nada indica, por otro lado, que la solución consista en endeudarse más y más para pagar no gastos de inversión, sino gastos corrientes en nóminas y suministros sanitarios, y menos aún cuando lo más probable es que la recuperación de la recaudación fiscal se retrasará bastante, y seguramente cuando lo haga difícilmente llegará el Principado a ingresar cantidades como las de los años del «boom» inmobiliario.

 

Las opciones son variadas. Se puede no hacer nada y esperar a ver qué pasa. Es seguramente la opción más fácil y la que mas tranquilizaría a quienes se agarran a un statu quo que otros tendrían que garantizar sea como sea, no importando cómo, ni con qué, y si ese otro es Madrid, mejor. Pero en el momento político e institucional actual, recién culminada la negociación de la financiación autonómica y en medio del proceso de reformas de los estatutos de autonomía, no me parece que sea una posición realista, ni prudente. Cuando lo que está en juego afecta a la caja, y en ella hay poco dinero, de poco valen los trucos contables, y las grandes declaraciones. En definitiva, esa opción obliga necesariamente a hacer de inmediato relación de las obras públicas, (carreteras, saneamientos, edificios etc.) subvenciones o servicios de otra naturaleza (cultural, turística, educativa, de cooperación con los ayuntamientos, etc.) que la Administración regional tendrá de eliminar cada año de su programa presupuestario.

 

Otra opción posible es aumentar el tipo de alguno de los impuestos propios: ¿sobre la venta minorista de hidrocarburos?, ¿juego? o sobre el tramo autonómico del IVA, IRPF y de los impuestos especiales.

 

La verdad es que para solventar financieramente el problema dejando las cosas como están, habría que incrementar notablemente los tipos de esos tributos. No bastaría con pequeñas subidas. Y eso genera bastantes problemas, como demuestra lo ocurrido cuando hace un par de años se subió el impuesto sobre los hidrocarburos. Por otro lado, no es descartable una subida de los tipos nacionales del IVA y del IRPF, y eso complicaría mucho un posible incremento regional de dichos tributos. En todo caso, todo el mundo sabe que en el ámbito autonómico subir impuestos en solitario es muy difícil, aunque haya sido muy fácil bajarlos.

 

Otra alternativa podría consistir en provocar un debate sobre la situación financiera de la sanidad en el seno del Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud a ver si de allí se sacan nuevos recursos del Estado. Pero ese debate ha tenido lugar ya en la recientísima negociación sobre a la financiación autonómica y, en principio, en el mismo se estableció la garantía de suficiencia para la financiación de los servicios públicos considerados esenciales, dentro de los cuales el sanitario tiene especial relevancia. Y como no existe financiación sanitaria condicionada, cada región hace de su capa un sayo, por lo que es más que dudoso que el Consejo pueda tratar esas cuestiones precisamente ahora. Otra cosa es que en el seno del Consejo Interterritorial se traten, y se solventen, otros aspectos problemáticos de la sanidad pública, como los referidos a la información, a la estadística sanitaria, al personal, a la ordenación sanitaria nacional, al mercado farmacéutico, etc., que obviamente inciden en los costos sanitarios y que, dejados como estaban de la mano, amenazan a la propia existencia del sistema.

 

Seguramente lo más operativo es huir de decisiones precipitadas y de declaraciones grandilocuentes. La cara positiva de la crisis económica es que obliga a romper rutinas, aguzar la imaginación y el ingenio, además de imponer la rebaja o la reducción de los michelines. Por eso me parece que lo más realista sería centrarse en las cuestiones que se pueden resolver por decisión exclusiva de nuestros responsables políticos. Esto es, los asuntos de índole organizativa y funcional. Ambos tienen una importantísima carga económica.

 

Sería oportuno y factible pedir opinión sobre esos temas a expertos independientes y con prestigio contrastado por su conocimiento de tales asuntos discutir con ellos con amplitud y lealtad las posibles medidas a tomar y, si las propuestas que se pongan sobre la mesa resultan posibles y convincentes en orden a garantizar la sostenibilidad y la calidad del sistema sanitario regional, actuar con decisión, sin mengua de la búsqueda del mayor consenso político y social posible, asumiendo, en todo caso, los riesgos que de suyo tiene entre nosotros cambiar algo, aunque sea para mejorarlo.

 

Los mejores expertos nacionales en los distintos temas que afectan a la financiación y a la organización territorial y funcional de los servicios sanitarios han estado recientemente en Oviedo participando en el Foro sobre la sanidad pública asturiana que a lo largo de varios meses ha organizado el RIDEA con el concurso de Cajastur.

 

Salvo honrosas excepciones, en las intervenciones de esos expertos ha resultado llamativa la ausencia de algunos de los políticos asturianos que se dedican principalmente al ámbito sanitario. En todo caso, a partir del próximo mes de septiembre se van a publicar esos trabajos, de forma que podrán ser consultados y manejados fácilmente. La mayor parte de esos expertos aceptaría cooperar con los políticos asturianos, con independencia de su color partidario, para analizar a fondo y con sentido práctico la situación económica y funcional de la sanidad asturiana, haciéndoles propuestas operativas de solución, si se lo pidieran.

 

Las cuestiones organizativas y funcionales más relevantes para la economía de la sanidad asturiana son las que se refieren al mapa sanitario y a la específica organización y funcionamiento de los servicios asistenciales (hospitales y centros de salud).

 

El mapa sanitario no es un simple diseño gráfico. En él se definen las dependencias y relaciones funcionales entre los distintos centros y servicios asistenciales asturianos, lo que determina la estructura orgánica de la organización sanitaria, así como las fórmulas de trabajo de la misma, las inversiones y los flujos de los pacientes etc., cuestiones todas que, además de tener íntima y relevante conexión con los costes de la sanidad, afectan a los intereses y expectativas de quienes trabajan por y para el servicio público sanitario, así como de los ciudadanos que precisan de sus servicios. Por supuesto, sus determinaciones resultan del máximo interés para las fuerzas vivas políticas y económicas de cada territorio.

 

El mapa sanitario vigente, que es el que yo hice en el año 1984, ha cumplido sobradamente su papel, habiendo sido durante mucho tiempo un instrumento muy válido de política regional. Sin embargo, ahora ya no puede calificarse sino de obsoleto e inadecuado, por lo que su mantenimiento es causa de sobrecostes sanitarios importantes, y en muchas casos innecesarios. Por dar un ejemplo que todo el mundo puede entender: la ordenación y la dimensión de los servicios de pediatría y tocología en comarcas donde ahora nacen muy pocos niños y donde se han reducido enormemente los partos respecto de los existentes en 1984, no puede ser, como es, la de aquel tiempo. En ese caso, y concretamente en las áreas de Mieres y Langreo, la lógica económica indicaría ahora, tras la apertura del túnel bajo San Emiliano, que se podrían agrupar las maternidades y los servicios pediátricos. Algo que en nada afectaría a su calidad asistencial y que sin embargo ahorraría mucho dinero. Como ese, existen multitud de ejemplos en casi todas las áreas de la acción sanitaria, sobremanera en aquellas que han experimentado un mayor cambio tecnológico, y que sería relativamente fácil desgranar comprobándose efectivamente, caso a caso, que su reordenación no implica nunca reducción alguna de las prestaciones sanitarias, ni de su calidad, y que nunca serían los pacientes los perjudicados.

 

El hecho de que un porcentaje mayoritario de las plantillas de los hospitales comarcales más alejados del centro de la región vivan en torno a Gijón u Oviedo implica que deben de realizar trayectos de más de cien kilómetros diarios, algo que revela lo artificioso e irreal que resulta caracterizar tales hospitales como centros aislados y cerrados, una consideración que venía exigida por su ubicación en zonas alejadas y mal comunicadas a las que había que dar una atención integral, algo que las nuevas autopistas y carreteras han cambiado radicalmente.

 

Una reforma a fondo del mapa sanitario debe partir de la idea de escasez de los medios disponibles y de la aplicación del máximo rigor técnico, y sólo puede hacerse si se logra, y no creo que en la situación actual sea difícil hacerlo, una amplia colaboración de los estratos de la sociedad asturiana más afectados: las corporaciones profesional sanitarias, las sociedades científicas médicas, los agentes sociales y las corporaciones municipales.

 

Un nuevo mapa permitiría suprimir estructuras administrativas desfasadas, agrupando áreas sanitarias y conectando hospitales entre sí para dar un mejor, más eficaz y más barato servicio. También facilitaría ordenar los recursos del área central de Asturias, que desde el punto de vista de las distancias horarias no es sino ya una sola agrupación urbana, que debería disponer de sus servicios sanitarios en conjunto, como en conjunto lo hacen los ciudadanos que compran en Mieres, viven en Oviedo y se divierten en Gijón.

 

 

 

PACTOS ¿PARA QUE?

PACTOS ¿PARA QUE?

¿Qué es lo que tiene que ofrecer y puede hacerlo la patronal para que sea mejor para los asalariados y autónomos el pacto que el no pacto? Y en el terreno estrictamente político la pregunta es: ¿puede cambiar, dar un giro de 180 grados el P.P. (...) para que interese a los ciudadanos de este país un pacto de esta naturaleza?

NUEVATRIBUNA.ES -  Más artículos del autor

Hay un libro de Ortega y Gasset magnífico y sugerente –como todos los suyos-, que vio la luz con el nombre de “Ideas y Creencias”. Ahí señalaba Ortega que frente a la “idea” general de que pensamos y de que nos movemos por pensamientos y reflexiones, en realidad lo hacemos por “creencias”. “Ideas”, según él, es un término que sirve para (1) “designar todo aquello que en nuestra vida aparece como resultado de nuestra ocupación intelectual”; por lo contrario, a las “creencias no llegamos a ellas tras una faena de entendimiento, sino que operan ya en nuestro fondo cuando nos ponemos a pensar sobre algo”. Las creencias sería algo así como un bagaje seudo-intelectual, un fondo, un “mix” de pensamientos sobre los que no meditamos, automáticos, con los que contamos siempre en nuestro quehacer cotidiano, a pesar de que nuestro quehacer requeriría de reflexión. En definitiva, el gran peligro de las creencias es que creemos que ellas son producto de la reflexión cuando son lo contrario; cuando son esa balsa, ese madero al que se aferra cualquiera que está apunto de ahogarse, y nos permiten tomar decisiones inmeditadamente bajo la apariencia de una seudo-reflexión.

 

Todo esto viene a cuanto porque creo que hay que dar por sentado que en el mundo sindical y de los sindicalistas –y quizá en parte de la izquierda estrictamente política- se ha convertido en creencia la idea de que para salir de la crisis es mejor pactar con la patronal que no hacerlo; y, que en el terreno político, es mejor un pacto PP-PSOE que no que no lo haya. Pero la pregunta que hay que hacerse es el porqué de esa necesidad, porqué es mejor pactar que no hacerlo. Más específicamente –y esta es la pregunta relevante- ¿qué es lo que tiene que ofrecer y puede hacerlo la patronal para que sea mejor para los asalariados y autónomos el pacto que el no pacto? Y en el terreno estrictamente político la pregunta es: ¿puede cambiar, dar un giro de 180 grados el P.P. en su visión, en sus pinceladas ideológicas –sus dirigentes no dan para más- para que interese a los ciudadanos de este país un pacto de esta naturaleza? El P.P., por lo que dicen y por lo que sabemos que han hecho cuando gobernaron de 1996 al 2004, son partidarios de menos Estado, de bajar los impuestos, de reducir el Gasto Público -¡en plena crisis de demanda!-, de deteriorar el Estado de Bienestar, de privatizarlo (la Sra. Aguirre en la C. A. de Madrid), de abaratar el despido. A pesar de que estas políticas neoliberales han causado la crisis actual, ellos –el P.P.- confían en la ignorancia de sus posibles votantes, en la capacidad del partido de echar la culpa al contrario, en su capacidad de mentir, en su hipocresía de clase, para mantener a su feligresía votante no por debajo del 40% (2).

 

En cuanto a la patronal, nada tienen que ofrecer en un pacto, porque lo único que interesa a los asalariados y autónomos que quieren representar y defender los sindicatos en estos momentos es el empleo, y eso no lo puede garantizar el órgano ejecutivo de la patronal. Cada empresario, pequeño, mediano o grande –incluso con la ley en la mano-, contrata cuando y como quiere, y despide de la misma forma, sea cual sea la opinión de sus jefes de congregación empresarial. Se me dirá que ya ha habido pactos anteriores –los de la Moncloa, AN, ANE, AMI- de cuya bondad apenas se duda. Es cierto, pero eran otras circunstancias: o salíamos de la dictadura o no estábamos lejos, o había un problema de inflación gravísimo (los de la Moncloa), o estaban aún por hacer leyes laborales, o asentar leyes que determinaran el marco jurídico o institucional de nuestro Estado de Bienestar, de nuestro sistema fiscal. Todo eso es el pasado. Creo que los dirigentes sindicales deben reflexionar y convertir en ideas –según la nomenclatura orteguiana- la creencia de que es mejor pactar que no hacerlo.

 

Mi modesta opinión es que ahora, asentada la democracia a pesar del componente sociológico tardofranquista del P.P., se asegura mejor la salida de la crisis y el asentamiento del Estado de Bienestar –a pesar incluso de las competencias transferidas- con un pacto entre los sindicatos y la izquierda. De este pacto ambos tenemos que ganar: los sindicatos, porque asalariados y autónomos saldrán beneficiados de una política socialdemócrata –aunque sea moderada- como la actual que con un pacto PP-PSOE, donde la izquierda tendría que renunciar a esta política por otra neoliberal; la izquierda saldría reforzada si los sindicatos se comprometen políticamente a defender críticamente a la izquierda política -incluso en los períodos electorales- a cambio de políticas económicas consensuadas entre los sindicatos y la izquierda parlamentaria. Y aquí los sindicatos tienen mucha tarea que hacer, incluso en sus propias filas.

 

(1) “Ideas y Creencias”, en Colección Austral, Espasa Calpe, pág. 21.

 

(2) Véase el artículo del sociólogo Carles Castro “La minoría dominante”, en “Claves de la razón práctica”, nº 194; también el de Ignacio Urquizo “¿Unas elecciones en clave nacional?”, en el mismo número, aunque mi interpretación es la expuesta.

Con cierto humor, pero muy realista …

Con cierto humor, pero muy realista …

Pandemia

No hay vacunas; ¿de verdad que todo está bajo control?

Artículo de Opinión de RICARDO V. MONTOTO  

En fin, que aquí estamos todos intentando mantener la calma, que no cunda el pánico, pero cada día más acojonaditos con la gripe A. La Ministra lleva dibujada en la cara una sonrisa permanente, como si no pasara nada, aunque los planes que se van diseñando dan la impresión de que algo gordo se nos viene encima.

Si no es más que un catarrillo un poco raro, si la mayoría no lo diferenciará de la gripe de toda la vida. Ya, ya. Cada vez que intentan tranquilizarme, me asusto un poquito más. A estas alturas, se ha decidido vacunar a un montón de gente, a los servicios básicos, los grupos de riesgo, niños, embarazadas, gordos... Estupendo, pero es que resulta que no hay vacunas, ni se las espera hasta octubre o noviembre. Y si la gripe A ya llegó y aún no tenemos las vacunas, ¿de verdad que todo está bajo control?

Una de dos: o esto es un camelo pistonudo como lo del apocalíptico «efecto 2000», lanzado por la industria farmacéutica -que se está forrando aún más- o estamos todos con el culo al aire y no queda más remedio que seguir la táctica del «sálvese quien pueda».

A pesar de que preferiría la primera alternativa, mucho me temo que los tiros van por la segunda. Y por ello hay que lanzar alguna advertencia a la población. A saber: somos dados en exceso a compartir las enfermedades contagiosas. Esto es, que uno se levanta de la cama, se nota chungo, con el trancazo, afiebrado y mocoso y, en vez de quedarse quieto en casita, opta por salir a tomar el cafelito en el bar de la esquina, tosiendo y estornudando a diestra y siniestra. Eso está muy mal. Estése quieto, hombre. No nos interesa ser partícipes de su toxicidad. Evite esparcir los virus. Ya que los españoles nos partimos de risa cuando vemos a un japonés con mascarilla -los orientales no llevan bien lo de estornudarse los unos a los otros-, al menos utilicemos pañuelitos de papel o algo que contenga las virásicas excreciones. Si el panorama está fastidiado, pongamos algo de nuestra parte. Y que sea lo que Dios quiera.

PLAN DE ORDENACIÓN DE RECURSOS HUMANOS ... debate ¿abierto?...según parece a esta compañera no le tuvieron en cuenta sus aportaciones....

PLAN DE ORDENACIÓN DE RECURSOS HUMANOS ... debate ¿abierto?...según parece a esta compañera no le tuvieron en cuenta sus aportaciones....

APARTADO: “Régimen   de EXENCIÓN DE GUARDIAS ....para facultativos”.

Por Pilar Reyero García

En él se explica claramente la situación actual, en cuanto a la exención de guardias para el personal facultativo, sin embargo en cuanto al régimen de exención de atención continuada del resto de profesionales especificase estará a lo que disponga la normativa aplicable en cada momento”.

 

Esto es, no hay normativa. Si la Dirección de Enfermería o la de Personal considera a bien reconocer que puedes estar exento de realizar NOCHES te ocurrirá lo siguiente:

Ø     Te aumentará la jornada, si tienes un T8 realizas 1477h. Pasas a realizar 1519 h.

 

Ø      No se te abonará nada en concepto de atención continuada, ningún promedio. Recordemos que al personal facultativo se le abona

 

Ø     No hay la garantía de tu permanencia en la unidad que llevas ejerciendo tu profesión los últimos años. Si miramos a quienes se atrevieron a solicitarla están funcionando como retenes, sin carteleras, descansando eso sí sábados, domingos y fiestas de guardar, con lo que también se les descuenta de su nómina el plus de festividad o se reduce a cero

 

Ø      Claro que esto es voluntario, pero si se pretende evitar bajas laborales, satisfacción profesional, implicación con el sistema, mejora de la calidad etc.. una de las cosas a tener en cuenta son las cargas de trabajo a cierta edad y en la mayoría de convenios laborales de otros sectores existe un reconocimiento al trabajador de turnos, no perdiendo poder adquisitivo cuando ya está en los años que van a afectar a los cálculos numéricos de su jubilación.

 

Resumiendo a mayor años de edad y de vida laboral, te corresponde

más jornada, menos sueldo y por si fuera poco más inestabilidad

Por tanto, las explicaciones que se dan sobre este apartado .... 

 

Se establecerá un sistema de exención de

guardias a facultativos mayores de 55 años, y

respecto al resto de profesionales se estará a

lo que disponga la normativa aplicable en

cada momento (La normativa aplicable para

el resto de profesionales establece igualmente

la exención a mayores de 55 años desde los

Acuerdos del 92).

 

.....son tan ambiguas como falsas. Hay grandes omisiones que creo que se hacen intencionadamente por la Administración y con el consentimiento de las organizaciones sindicales, UGT y CCOO pero que estoy segura  que los afiliados a estas organizaciones diríamos que NO  y así se manifestó en la asamblea celebrada en mi Hospital en la que yo misma hablé de estas ausencias y en la que veo que no  se recogió  NADA de lo que  en ella  se dijo.

 

Pilar Reyero García es delegada en el Consejo Regional de la FSSA por el HUCA.

 

Nota: este articulo está copiado del blog de Atención Primaria Area IV

Inicio de una serie de reflexiones sobre el futuro del sistema de salud de Asturias en La Nueva España ...

Inicio de una serie de reflexiones sobre el futuro del sistema de salud de Asturias en La Nueva España ...

Apuntes para un debate sobre la sanidad pública en Asturias

El mantenimiento de los servicios públicos

La opinión de los expertos
La discusión debe centrarse en la organización funcional, territorial y administrativa del sistema, así como su equidad y eficiencia

 

Juan Luis Rodríguez-Vigil, ex presidente del Principado y ex consejero de Sanidad, inicia con este artículo una serie de reflexiones sobre el futuro del sistema de salud de Asturias. Para Vigil, es urgente ponerse a trabajar en la búsqueda de soluciones «efectivas y no ilusorias» a un problema, el del elevado coste sanitario, que es más acuciante en regiones con una población envejecida y dispersa, como es el caso del Principado

JUAN LUIS RODRÍGUEZ-VIGIL RUBIO

La crisis fiscal ha llegado, y no de improviso. Como era previsible, donde primero se refleja es en la sanidad pública. Hemos tocado tierra y, guste o no, habrá que debatir públicamente y con seriedad sus problemas, que son muchos, y no sólo financieros. También habrá que buscar soluciones efectivas y no ilusorias a esos problemas, porque cuando el dinero escasea y no hay de donde sacarlo sin causar gravísimos problemas adicionales, nada se arregla con darse de palos y mirar al pasado.

Los problemas financieros de la sanidad pública asturiana ni son de hoy, ni tienen carácter singular. Apenas se diferencian de los que tienen otras regiones y nacionalidades de España, con independencia del partido que las gobierne. Vienen de lejos, estaban advertidos, analizados y tenían puesta fecha para su aparición. La crisis sanitaria autonómica estaba cantada en cuanto hubiera un decrecimiento mínimamente significativo de los ingresos públicos.

La transferencia sanitaria del Insalud a las comunidades del año 2002 fue acompañada, sin excepción, de manifestaciones de satisfacción por los responsables políticos autonómicos y nacionales. Unos porque se quitaban de en medio una área de gestión per se inflacionista y compleja, y los otros (y basta con otear las hemerotecas) porque consideraron que esa competencia estaba magníficamente dotada financieramente y, además, en su opinión aumentaba significativamente la capacidad de endeudamiento de las comunidades, con lo que, supuestamente, iban a tener más recursos y mayor capacidad de inversión en otras áreas de su competencia.

La satisfacción duró muy poco. En 2005, apenas tres años después, hubo que inyectar más de cinco mil millones de euros a los servicios de salud autonómicos, y, ahora, idéntico objetivo tienen los recursos que se han obtenido en la nueva ordenación de la financiación autonómica. El problema es que ahora el Estado ya no tiene posibilidades de dar más. Cada comunidad ha de valerse con lo que tiene. Se acabó definitivamente el recurrir a Madrid para arreglar los problemas económicos de la sanidad, y como tampoco se puede mirar hacia Bruselas la dura realidad es que o solucionamos con acuerdo nuestros problemas sanitarios o sufriremos el deterioro y la perdida de calidad, bien de los servicios asistenciales sanitarios o, alternativamente, de los sociales, educativos, medioambientales, de obras públicas, de cooperación municipal, culturales, etcétera. Por algún lado habrá que actuar, por mucha algarabía polémica a la asturiana que se monte, y por mucho que le pongan amarillos, verdes o colorados los ayuntamientos, los agentes sociales, partidos políticos y el público en general.

Cuando no hay panchón todos gritan y todos quieren tener razón. Pero razón, razón, sólo la tendrá quien proponga medidas viables y rigurosas que permitan mantener la calidad, la extensión y la cobertura actual del sistema sanitario público con los medios de que se dispone. En el sector sanitario y en relación con el gasto no cabe acudir a la ilusión, ni endeudarse, porque es gasto corriente estable y de crecimiento difícil de contener, por lo que si uno se endeuda para pagar nóminas y fármacos, en muy poco tiempo o no le sirven los medicamentos y tendrá dificultades para pagar salarios. Esa política es pan para hoy y hambre para mañana.

Un debate público que merezca la pena tiene necesariamente que centrarse en las cuestiones que más inciden en el funcionamiento, calidad y eficacia del servicio sanitario: su organización funcional, territorial y administrativa, su equidad y eficiencia, y, también su objetiva insuficiencia financiera.

Los problemas financieros de la sanidad pública asturiana tienen padre y madre, por más que en su mayor parte sean idénticos a los que sufren los demás servicios de salud españoles: el crecimiento y envejecimiento de la población; el efecto de la innovación tecnológica; el uso intensivo de las modernas y muy caras tecnologías sanitarias de vanguardia; la consolidación de una cultura de consumo sanitario entre los ciudadanos que les lleva a descargar en la sanidad pública cada vez más responsabilidades; los efectos de los recientes cambios culturales y de la estructura familiar, además de la creciente litigiosidad en demanda de responsabilidad civil del personal y de las administraciones sanitarias, que determina una medicina defensiva muy cara, y, por supuesto, los siempre crecientes costes del personal sanitario y de los fármacos. Pero, junto a ellos existen problemas sanitarios que tienen clara especificidad asturiana y que se refieren a la singular organización del servicio sanitario en Asturias.

Por ello, lo sensato es centrase en lo nuestro y abrir un debate sereno y riguroso, al margen de demasías y de visiones epidérmicas, huyendo de demagogias, maximalismos y del espíritu de trinchera local porque, por derecho propio y por respeto a los ciudadanos los sanitarios, son asuntos que exigen máximo rigor y seriedad.

Algunas cuestiones son nodales o previas a ese debate.

Primero: Desde que el ministro Romay Becaria asumió explícitamente como propia la ley General de Sanidad promovida por el Gobierno de Felipe González, incorporando a la política del PP los criterios que la inspiraban (fundamentalmente la financiación con cargo a impuestos y el carácter universal del derecho a recibir asistencia sanitaria gratuita en condiciones de igualdad), no existe apenas discordancia entre el modelo sanitario del PP y el del PSOE. Las diferencias entre sus programas electorales nacionales son de mera cantidad, relacionadas con la forma de prestación de la asistencia, pero no afectan al contenido esencial del derecho a la asistencia. Las posiciones de esos partidos son intercambiables según se gobierne o se esté en la oposición. Lo que dice el PP en Asturias, donde está en la oposición, es contradictorio con lo que hace en Madrid donde gobierna, y viceversa hace el PSOE en otros sitios.

Sin diferencia esencial sobre el modelo nada debería impedir el consenso sobre sus aspectos organizativos.

Segundo: El modelo organizativo asturiano, que se rige por su mapa sanitario, se configuró en el lejano 1984, y estaba pensado para una sociedad muy distinta de la actual. En razón de las circunstancias de entonces, ese modelo configura a buena parte de los hospitales comarcales asturianos como organizaciones cerradas sobre sí, y con tendencia a la autosuficiencia dentro de su nivel asistencial.

En estos momentos, cuando se va de Oviedo a Mieres en 10 minutos o de Mieres a Riaño-Langreo en siete, y de Avilés a Jarrio en poco más de media hora, no se justifica la existencia de hospitales autosuficientes y cerrados sobre sí mismos, que podrían compartir sin ningún problema servicios, personal, regímenes de apoyo etcétera o tener ya según los casos y la ubicación, marcada singularidad y utilización regional médico-quirúrgica. El cambio es radical en los sistemas de transporte viario, aéreo, o por Internet, sobre todo en relación con la comunicación de imágenes y datos, lo que afecta también la cultura organizativa que en otro y tiempo hizo necesaria la actual configuración y el régimen de las áreas sanitarias, fundamentalmente en materia de personal y de servicios, que ahora pueden articularse cooperativamente de forma diferente.

La resistencia política a la reordenación del mapa sanitario tiene fácil explicación. Significa cambio y afecta a intereses de todo tipo extrasanitarios, la mayoría irrelevantes en relación con la asistencia. Además la sociedad asturiana es esencialmente conservadora. Pero no hacerlo sería suicida: o se modifica el mapa sanitario de forma adecuada a los tiempos o estaremos operando con estructuras que poco tienen que ver con la sociedad actual. Si no se produce esa reforma tampoco serán suficientes los medios económicos de los que podrá disponer el Principado para atender a su población con la calidad sanitaria debida.

Aunque sea políticamente incorrecto decirlo, las consecuencias de la crisis económica sobre las haciendas autonómicas van a ser serias y duraderas. Asturias no va a ser excepción. El descenso de la recaudación de los tributos estatales y de aquellos en los que la comunidad autónoma tiene participación, o son de su competencia exclusiva va a determinar una merma muy importante de los ingresos fiscales del Principado. A ello habrá que sumar el aumento del servicio de la deuda pública en los presupuestos regionales que va a ser muy relevante y caro de pagar (hay que recordar a quienes claman por el incremento de la deuda, que ésta se paga, y que ese pago sólo puede proceder de nuevos o de mayores impuestos y de ahorros, estos posibles, pero inhabituales). A ello hay que sumar el incremento de los pagos por prestaciones a desempleados o a parados de larga duración, muchos de los cuales pasarán a ser perceptores del salario social.

Si añadimos la inelasticidad propia del gasto de las administraciones autonómicas en personal, educación, servicios sociales, cooperación municipal, mantenimiento de obras públicas, servicios medioambientales etcétera, se comprenderá la necesidad de gestionar la sanidad de manera más flexible y comedida en lo económico que en los últimos años. En los próximos será difícil acercarse a los aumentos presupuestarios que ha tenido el servicio público sanitario asturiano en los últimos 7 años, siempre en porcentajes muy superiores a los incrementos del PIB (entre 4 y 7 puntos por encima).

Tercero: La pandemia de gripe que se avecina, que según fuentes oficiales puede afectar a un porcentaje importantísimo de la población asturiana (entre el 15 y 50% del total), obligará a todas las instituciones y personas con responsabilidad política a actuar con especial responsabilidad en materia sanitaria. Nunca nuestro sistema se ha enfrentado a una incidencia asistencial de espectro tan amplio, al margen de la mayor o menor gravedad de la misma. No serán tiempos en los que los ciudadanos vayan a aplaudir la demagogia o el darse de palos. Van a exigir a los políticos soluciones. Habrá que darlas, y eso no sólo corresponde al Gobierno.

Opinión de JOSÉ FÉLIX TEZANOS, director de la Fundación Sistema

Opinión de JOSÉ FÉLIX TEZANOS, director de la Fundación Sistema

El fracaso del diálogo social y las extrañas motivaciones de la cúpula de la patronal

“Los del PP van a lo suyo” –podría convenir un ciudadano de la calle. Pero, los de la Patronal, ¿a qué van? ¿Cuál es lo “suyo” en estos momentos? ¿Qué intereses reales han estado representando en las últimas conversaciones?

NUEVATRIBUNA.ES - 17.8.2009

PARA FUNDACIÓN SISTEMA

Las dificultades que han tenido lugar para llegar a un acuerdo social entre el Gobierno, los Sindicatos y la Patronal, que pudiera proyectar una imagen de mayor seguridad en el futuro, han recordado a algunos las diferencias con los Pactos de la Moncloa y el espíritu que los animó.Más allá de los resultados concretos, los Pactos de la Moncloa tuvieron una utilidad positiva de fondo, en la medida que proyectaron sobre la opinión pública el mensaje de que las principales fuerzas políticas y socio-económicas de España estaban unidas en la voluntad de sacar al país de las dificultades que tenía y que todos se mostraban dispuestos a poner algo de su parte para contribuir a un esfuerzo común necesario.

Ese espíritu de sensatez y de consenso y esa capacidad de todos para “ceder” algo de su parte en aras del interés común es, precisamente, lo que ha faltado en estos momentos. Y ese es principalmente el mensaje que está llegando a la opinión pública, más allá de las consideraciones –nada inoportunas, por cierto– sobre quién tiene más responsabilidades en la falta de un tipo de acuerdo que en este momento sería muy positivo para que los ciudadanos cobraran mayor confianza en las posibilidades de futuro y pudieran empezar a salir de las actitudes de pesimismo, recelo y retraimiento económico que tan negativas son para la recuperación de la crisis y que tanto están afectando a las propias empresas.

La impresión que han dado algunos responsables socioeconómicos es, precisamente, que no entienden el fondo de la cuestión y que priorizan demandas inasumibles por todos y consideraciones políticas de desgaste del Gobierno, sin tener en cuenta suficientemente los perjuicios objetivos que tales procederes cerrados pueden causar al sector económico que representan.

En condiciones como las actuales, el acuerdo siempre es positivo porque transmite un mensaje de seguridad y de confianza a los ciudadanos y porque permite obtener algunas ventajas objetivas que favorecen el dinamismo económico. Desde luego, siempre será mejor obtener algo que nada. De ahí que sea difícil entender la cerrazón y el espíritu de órdago del actual Presidente de la Patronal.

En cualquier caso, el Gobierno de la Nación, que es el que tiene la responsabilidad de gobernar –y toda la legitimidad para ello– siempre podrá tomar por su cuenta las medidas que considere más adecuadas para estimular la economía, se avenga o no se avenga la cúpula actual de la Patronal a hacerse una foto con el Gobierno y los Sindicatos. El problema, por lo tanto, es de ineficacia y de disfuncionalidad, ya que tales acuerdos y tales fotos también beneficiarían a los empresarios, en la medida que contribuirían a generar elementos positivos de acuerdo y estabilidad, al tiempo que lograrían algunas ventajas concretas (aunque no fueran todas las que pretendían Díaz Ferrán). De ahí lo difícil que resulta entender determinadas formas de proceder, a no ser que se trate de una apuesta de mero carácter político o personal. Apuesta, por lo demás, bastante contraproducente, ya que a la par que se desgasta –eventualmente– al Gobierno se puede causar un daño objetivo a la economía y, por lo tanto, a los propios empresarios que se dedican estrictamente a lo suyo.

La resistencia de la actual dirección del PP a llegar a establecer unos acuerdos con el Gobierno similares a lo que fueron en su día los Pactos de la Moncloa se puede comprender en términos de estrategia política de desgaste, por mucho que no se comparta en términos de interés general. “Los del PP van a lo suyo” –podría convenir un ciudadano de la calle. Pero, los de la Patronal, ¿a qué van? ¿Cuál es lo “suyo” en estos momentos? ¿Qué intereses reales han estado representando en las últimas conversaciones? ¿De verdad piensan que son creíbles algunos de los argumentos que han puesto encima de la mesa? ¿Por qué han apostado tan fuerte y tan rotundamente en intentar hacer pagar un “peaje” inasumible al Gobierno para hacerse una foto de “consenso”, de la que los principales beneficiarios serían las empresas?

Obviamente no hay que extrañarse de que la opinión pública esté perpleja y que sean muchos los que no compartan las razones de algunos representantes empresariales de anteponer razones personales o criterios de desgaste político a unas exigencias bastante obvias de interés económico nacional y ¡también de interés empresarial!

Artículo de opinión de JAVIER LÓPEZ, Secretario General CCOO de Madrid

Artículo de opinión de JAVIER LÓPEZ, Secretario General CCOO de Madrid

Negociación colectiva y crisis

En el marco de la negociación colectiva el chantaje es inmediato. Moderación y recortes salariales o pérdida de empleo. Los convenios colectivos de empresa o los sectoriales con cláusulas abiertas facilitan estas maniobras.


La Confederación Europea de Sindicatos (CES), al analizar la crisis y sus efectos sobre la Negociación Colectiva, define como “bomba de relojería financiera esperando explotar" la situación sobre la que reposa la economía europea. La acumulación de deudas con fines especulativos como técnica esencial del capitalismo de casino ha invadido a las empresas no financieras que han asumido un alto endeudamiento en muy pocos años. El 65 por ciento del PIB.

La débil presión inflacionista que caracteriza a la Unión Económica y monetaria ha dotado de mucha liquidez a los bancos europeos, a la que se han sumado cientos de miles de millones adicionales de los fondos de inversión capital-riesgo.

La avaricia de las empresas y la búsqueda del “máximo valor” para los accionistas, ha conducido a la utilización de las stocks options, incrementando artificialmente el valor de sus títulos, acompañado de la sed de adquisiciones, casi siempre en el extranjero, han conducido a una escasa inversión y capitalización, altos pagos de dividendos, recompra de acciones e incremento de la deuda.

Beneficios constantes divididos entre una base de capital muy reducida incrementada la rentabilidad y el valor del stock de la empresa, repercutiendo en el valor efectivo de las stocks options de los directivos.

El riesgo aumenta, mientras el capital social disminuye, sin contar con reservas para hacer frente a stocks negativos o a la renovación de la deuda en peores condiciones financieras.

Ante la crisis el recorte de inversiones en aras de la liquidez es inevitable, lo cual repercute en la demanda y en el crecimiento económico global.

En el marco de la negociación colectiva el chantaje es inmediato. Moderación y recortes salariales o pérdida de empleo. Los convenios colectivos de empresa o los sectoriales con cláusulas abiertas facilitan estas maniobras.

Intentar salir de la crisis, recurriendo a las mismas técnicas que trajeron los problemas es otra tentación, atrayendo inversiones sobre la base de pagar altos dividendos, a costa del empleo y los salarios.

Expedientes de Regulación de Empleo negociados bajo la espada de Damocles de la Ley Concursal son un buen ejemplo de estas maniobras en España. Los esfuerzos de los trabajadores para salvar el desastre financiero de las empresas, puede dilapidarse en otra oleada de remuneraciones para los accionistas.

La importancia de la negociación colectiva se pone de manifiesto en este marco económico. Los convenios colectivos deben garantizar un campo de juego equilibrado que limite la carrera hacia los altos dividendos.

Moderación salarial con contrapartidas en pagos de dividendos, pagos y bonos para la dirección, stock options. Opciones negociadoras que podrían asociarse a restricciones políticas como las moratorias al pago de dividendos, o limitar mediante la política fiscal los excesos en el pago de dividendos, delimitando los mismos.

 

Artículo de opinión de Vicenç Navarro

Artículo de opinión de Vicenç Navarro

El modelo liberal sanitario: EEUU


Existe en España una presión, que procede primordialmente (pero no exclusivamente) de las derechas, de privatizar la sanidad y expandir el aseguramiento sanitario privado a base de ofrecer desgravaciones (es decir, subsidios públicos) a las pólizas de aseguramiento privado sanitario. Sería deseable que tales proponentes visitaran y conocieran el sistema sanitario estadounidense, que está financiado (en su mayoría) de forma privada, a base de pólizas a las compañías de seguro sanitario privado, las cuales gestionan el sistema...

NUEVATRIBUNA.ES

PARA FUNDACIÓN SISTEMA

...Se darían cuenta, rápidamente, de que tal sistema de financiación y gestión de la sanidad es la causa de que la sanidad estadounidense se haya convertido en el problema doméstico número 1 en aquel país. Ni que decir tiene que EEUU dispone de centros sanitarios excelentes y la formación del personal sanitario es de elevadísima calidad. Pero, como ya bien dijo el filósofo Hegel en el siglo XIX, la totalidad es mucho más que la suma de sus partes. Los componentes del sistema pueden ser excelentes y, en cambio, la totalidad puede ser enormemente deficiente. Y esto es lo que ocurre precisamente con la sanidad de aquel país.

Pero veamos primero las características del sistema de financiación sanitaria de aquel país. Tal sistema se estableció inmediatamente después de la II Guerra Mundial. Las izquierdas, (los sindicatos y los movimientos sociales) querían establecer un sistema de financiación pública, propuesta que contaba con el apoyo del Presidente Truman. Las derechas (el mundo empresarial y el capital financiero –banca y compañías de seguro-) se oponían a aquella propuesta, apoyando en su lugar la ley Taft-Harley Act, aprobada por dos terceras partes del Congreso de EEUU (dominado por el Partido Republicano y por los congresistas del Partido Demócrata procedentes del Sur, la región mas conservadora de aquel país). Esta mayoría permitió aprobar la ley, a pesar del veto del Presidente Truman. Esta ley estableció que la cobertura sanitaria se debe negociar en los altamente descentralizados convenios colectivos (empresa por empresa), y tiene que ser financiada con las pólizas de aseguramiento sanitario privado, pagadas conjuntamente por empresarios y trabajadores de cada empresa. Las compañías de seguros privados acuerdan, a su vez, con los proveedores de servicios (tales como médicos y hospitales) la provisión de la atención médica.

El 65% de la población estadounidense tiene su cobertura sanitaria relacionada con su lugar de trabajo. Como consecuencia de este tipo de financiación, aquellos trabajadores que tengan sindicatos fuertes en su lugar de trabajo, es probable que consigan una cobertura extensa (aunque nunca tan extensa como la existente en los países de la UE-15). Pero donde los sindicatos sean débiles o no existan, la cobertura sanitaria de los trabajadores es muy insuficiente o, incluso, pueden no tenerla. De ahí la enorme variabilidad en el grado de cobertura sanitaria que la ciudadanía tenga. Las personas que no trabajan o las que trabajan en centros de trabajo donde los empresarios no quieran (no es mandatario que lo hagan) o no puedan pagar la póliza de aseguramiento sanitario, pueden asegurarse con pólizas individuales, muy caras en caso de tener una enfermedad crónica.

Este sistema fue resultado de la alianza política entre las grandes empresas de EEUU y las compañías de seguro. Las primeras querían controlar a la fuerza del trabajo pues, cuando el trabajador pierde su puesto de trabajo pierde, no sólo su salario, sino también su cobertura sanitaria y la de su familia. El impacto disciplinario de tal sistema es enorme. El trabajador se lo piensa dos veces antes de enfrentarse con el empresario. Ésta es la causa de que EEUU sea el país de la OCDE que tenga menos días de huelga al año. Ello explica que los sindicatos siempre hayan intentado desligar la cobertura sanitaria de la situación laboral del trabajador, promoviendo la universalización de la cobertura sanitaria (tal como propuso el grupo de trabajo de la Casa Blanca, presidido por la Sra. Clinton, del cual yo era miembro). Esto significaría que todo ciudadano o residente tuviera derecho de acceso a los servicios, derecho al que se oponía, hasta hace poco, el gran mundo empresarial, que prefiere que la cobertura sanitaria se haga a través de las empresas, para controlar mejor a los trabajadores. Esta oposición empresarial, sin embargo, comienza a diluirse, puesto que el enorme encarecimiento de las pólizas de seguro sanitario hace que General Motors, por ejemplo, gaste en aseguramiento sanitario para sus empleados más que en cualquier otro input de la producción en automóviles (sea éste acero, neumáticos, o lo que sea). Por cada coche fabricado, General Motors destina 1.600 $ a tal capítulo, mientras que Toyota en Japón destina sólo 74 $ (en impuestos) como su contribución a cubrir la sanidad de los ciudadanos (que son sus empleados). De ahí que algunos empresarios comiencen a tener dudas de los beneficios de tal sistema, pues afecta negativamente su competitividad internacional.

El otro grupo de presión que se beneficia de tal sistema son las compañías de seguro sanitario privadas que, después de las farmacéuticas, son las que tienen los beneficios más elevados de EEUU (12.000 millones de $ en 2007). La persona mejor pagada en EEUU es William McGuire, presidente de la Compañía de seguros sanitarios privados United Health Group, que recibe 37 millones de dólares al año, más 1.776 millones en acciones de tal compañía. Los dirigentes de tales compañías son, según el The New York Times (09.04.05), los ejecutivos con los ingresos más exuberantes.

Este maridaje de intereses ha forjado un sistema que se caracteriza por:

1. Ser enormemente caro. El gasto sanitario representa el 17% del PIB. El gasto público sanitario per cápita de EEUU es el más alto del mundo, 6.397 dólares (en dólares estandarizados para comparar la capacidad adquisitiva del dólar en varios países), mucho más alto que el francés (el más alto de la UE: 3.306 $), el alemán (3.251 $), el británico (2.580 $), el japonés (2.474 $) y el español (2.260 $). Y este gasto público se invierte en cubrir el 51% de los gastos de asistencia sanitaria a los ancianos (Medicare), el 12% de los pobres llamados indigentes medios (Medicaid) y a las Fuerzas Armadas.

2. Ser muy insuficiente, pues a pesar de los enormes costes, 48 millones de habitantes no tienen ninguna cobertura sanitaria, y 93 millones tienen una cobertura insuficiente, es decir, que su seguro sanitario privado es muy limitado, teniéndose que gastar más del 10% de su ingreso familiar para pagar directamente sus facturas médicas.

3. Alcanzar niveles de crueldad. El 40% de las personas que se están muriendo manifiestan que están preocupadas por como ellos o sus familiares pagarán sus facturas médicas.

4. Ser muy impopular, pues sólo el 21% de la población está satisfecha con su sistema sanitario (comparado con el 64% de Francia).

La pregunta que uno se hace es “¿Por qué no se cambia el sistema de financiación sanitaria?”, y la respuesta radica en la privatización del proceso electoral en EEUU. Las campañas electorales de los candidatos las financian los grandes grupos económicos y financieros, incluyendo las compañías de seguros. Estas últimas, por ejemplo, aportaron 525.188 dólares a la candidatura Clinton, 414.853 al candidato Obama, y 277.724 a McCain (que recibió menos porque tal industria creía que no tenía muchas posibilidades de ganar). De ahí se deriva que la clase política sea muy reticente a enfrentarse a las compañías de seguro, que son las que financian sus campañas. De ahí la gran frustración de la población hacia Washington, que representa el maridaje entre los grupos empresariales y financieros y la clase política. ¿Es éste el modelo liberal que las derechas (y algunas voces de centroizquierda) desean para España?

Vicenç Navarro es catedrático de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Pompeu Fabra (Barcelona), profesor de Políticas Públicas en la Johns Hopkins University (en Baltimore, EEUU) y director del Programa Políticas Públicas y Sociales (Universidad Pompeu Fabra- The Johns Hopkins University).